Crecí con las películas sobre el Holocausto y odiando a muerte a los alemanes. También viendo las películas contra el muro de Berlín y detestando a los comunistas por impedir el acceso a la democracia a quienes morían escalando el muro. No imaginaba entonces que Estados Unidos fabricaría un muro mayor para impedir la migración mexicana; ni que el movimiento Sionista convertiría al Estado de Israel en gigantesca cárcel para todo aquel que no fuera judío.
Comencé a entender el problema cuando leí sobre las pretendidas legitimaciones bíblicas del conflicto y sobre la otra versión del conflicto Caín y Abel, pero esta vez entre Ismael e Isaac, también dos hermanos que se enfrentan porque uno es israelita y el otro musulmán.
Lo que no me encajaba en la explicación bíblica eran los intentos del Sionismo original por establecer una nación judía en abril de 1896 en Turquía, vía una propuesta al entonces Sultán para que les cediera parte de la Siria Otomana. Tampoco me encajaba la misma petición al gobierno de Argentina, después de la Segunda Guerra Mundial, o al de Estados Unidos mediante la compra de un amplio terreno en Minnesota.
El caso Dreyfus, en Francia, mediante el cual se condenó injustamente a un capitán judío de artillería por ser judío y desató una campaña antisemita en ese país, convenció al entonces liberal, burgués, periodista y artista Theodore Herzl de que lo único que impediría la persecución de los judíos sería tener nación propia, una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, tesis fundamental de su libro El Estado Judío ensayo de una solución moderna, de febrero de 1896.
El problema es que la tierra que eligieron estaba habitada y su derecho a la ocupación les vino a los Sionistas de otros legendarios depredadores: los ingleses, quienes no solo le entregaron a Herzl el mandato sobre los judíos londinenses, también legalizaron la ocupación de Palestina mediante la Declaración de Balfour de 1917, adoptada por la Liga de Naciones en 1922.
Mucha arena ha volado en el desierto desde entonces y la recomendación de Theodore de que cuando ocupemos un territorio debemos ofrecer beneficios inmediatos al Estado que nos recibe. Debemos tolerar respetuosamente a la gente de otras religiones y proteger su propiedad, su honor y su libertad con las más severas medidas de coerción, que hubiese evitado la desastrosa relación entre judíos y palestinos, pasó a ser, como el ama a tu prójimo como a ti mismo de la Biblia, letra muerta.
Es curioso que seamos nosotros, con un Haití dentro y fuera de nuestros bordes, quienes fomentemos el proceso de paz entre Ismael e Isaac, algo que nos ennoblece y desafía.
