La victoria del opositor Ricardo Martinelli sobre la candidata del partido gobernante Balbina Herrera, reafirma no sólo que las simpatías electorales son mudables e inconstantes, sino también que es siempre arriesgado levantárseles actas de defunción a los políticos. En su primer intento por entrar al Palacio de las Garzas, el recién electo presidente de Panamá fue abrumadoramente derrotado por Martín Torrijos, quien a su vez había fracasado al disputarle a Mireya Moscoso el mismo cargo en 1999.
Curiosamente, esta última aspiró sin suerte a la más alta posición ejecutiva en 1994, ocasión en la que se le impuso Ernesto Pérez Balladares, del PRD. El pueblo panameño, pues, le arrebató a los socialdemócratas el poder en 1999 para cedérselo al partido arnuilfista, volvió a confiárselo al PRD en el 2004, y ahora acaba de entregárselo a Cambio Democrático, cuyo candidato aventajó al aspirante oficialista por 20 puntos.
Dado el escasísimo margen de aceptación obtenido hace 5 años, hubiese sido lógico suponer que Martinelli no llegaría a ninguna parte. Sin embargo, acaba de demostrar que lo poco puede volverse mucho, y viceversa, de un momento a otro. En efecto, el flamante mandatario istmeño ascendió de un 5.03% a un 60% en un rápido abrir y cerrar de ojos, en tanto que el ex presidente Guillermo Endara, que obtuvo 30.64% en el 2004, apenas alcanzó 2.6% en las elecciones del pasado lunes.
Por su parte, el PRD acaba de perder más de 10 puntos respecto del caudal acumulado hace 5 años, al tiempo que redujo sus escaños legislativos de 42 a 21. La estrepitosa caída del partido gobernante deja claro que para preservar el control de un Estado, aquí y en cualquier parte, es preciso que gobierne bien, o que se trastorne el orden electoral mediante el uso ilegal e inmoderado de los recursos públicos.
Otra prueba viva de que lo poco puede trocarse en suficiente, es Alan García, quien a raíz de su desas-trosa primera gestión presidencial, fue judicialmente acusado de enriquecimiento ilícito, exiliándose luego en Colombia y, poco después, en Francia. Nueve años más tarde, regresó a Perú para postularse de nuevo a la presidencia, aspiración que por muchos fue considerada como una locura. No obstante, se esforzó denodada-mente por revertir el saldo de inconformidades que dejó al entregarle el Poder a Alberto Fujimori, y aunque perdió de Alejandro Toledo, caló tanto que obtuvo el 46.92% de los votos.
Lejos de amilanarse, en el 2006 volvió a la carga, superando al favorito Ollanta Humala en segunda vuelta. De prófugo de la Justicia y exiliado, pasó a ser un controversial aspirante presidencial y, poco tiempo después, reasumió el mando de Perú por segunda vez. ¿Bajo qué premisa, pues, se están sepultando las aspira-ciones de Hipólito Mejía? Si es bajo la misma que daba por muerto a Joaquín Balaguer en 1978 y a Alan Gar-cía en 1992, o bajo la que se consideró a Martinelli un multimillonario chiflado al ser incapaz de rebasar el 5% de las simpatías panameñas hace 5 años, convendría que sus adversarios, externos e internos, lo piensen mejor.

