Opinión

Pastoral

Pastoral

De un tiempo a esta parte el contenido de la pastoral de la Iglesia católica gira en torno a los mismos tópicos, correspondiendo a la corrupción y la impunidad la mayor preocupación. Si algo confirma esa reiteración es que los males persisten como un desafío en torno a los cuales no se ha avanzado o las iniciativas para combatirlos no han generado la necesaria confianza del clero.

La pastoral con motivo del Día de Nuestra Señora de la Altagracia describe un rosario que indica que los males que degradan la dignidad humana se han incrementado.

La violencia intrafamiliar, los feminicidios, abusos de menores, el tráfico de seres humanos, drogas y armas de fuego; la corrupción, impunidad, manipulación en la administración de justicia, la inequidad en la distribución de los bienes y la ausencia de solidaridad conforman el ominoso cuadro pintado por los obispos.

Si el Gobierno trabaja para enfrentar los problemas, no es la percepción que tiene el clero, al cual por sus prédicas y liderazgo espiritual no se le pueden atribuir otras preocupaciones que no sean las de mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías.

Es sabido que parte de su misión es no promover el evangelio, sino alertar sobre las vicisitudes que enfrenta el ser humano.

En cada pastoral de la Iglesia no debería repetirse la misma exposición, con los mismos términos, como si se tratara de una voz que clama en el desierto.

En esta ocasión la propia Iglesia hace referencia a una carta de 2005, donde se expresaban situaciones similares a las que hoy vive República Dominicana.

La falta de empleo, el apego al poder por el poder. El robo al erario a expensas de la nación, la apropiación inescrupulosa de ahorros ajenos para beneficio propio, la marginación de la población campesina, la evasión de impuestos, la violencia y otros males colocados sobre el tapete por el clero son para llamar la atención de las autoridades, aunque contrasten con sus estadísticas.

La Iglesia se hace eco de un sentir que además avalan estudios demoscópicos. Los obispos no se quedan únicamente en la exposición. También invitan a los dominicanos a trabajar unidos para construir una sociedad de amor, justicia y esperanza. Cabe esperar, pues, que esta vez el mensaje eclesiástico no caiga en el vacío, sino que cale tanto en las autoridades como en la población.

El Nacional

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