La imagen no puede ser más cruel. Cuadro patético de ser humano enfrentado a una horrorosa muerte a causa de asfixia por inmersión que, en gesto de extrema desesperanza e intentando eludir su inminente desenlace, se contornea a diestra y siniestra, dando tumbos a los cuales se aferra como una manifestación de ilusión final que a la postre solo contribuye a precipitar su deceso.
Pese a su dramatismo, con la colaboración de un amado familiar no he encontrado mejor símil para describir lo que ocurre con el PLD, su dirección y su gobierno, de manera acentuada luego de que se descompusiera el lastimoso muñeco armado para el proceso comicial del pasado 16 de febrero, cuyas funestas consecuencias para ellos jamás pudieron suponer.
No comprenden que, si algo faltaba para compactar el generalizado repudio con citado en una población que, de forma mayoritaria se ha saturado de un estilo de ejercer el poder caracterizado por ser abusivo, descarado y grosero, era que quedara evidenciada su ausencia absoluta de disposición para participar en competencias con reglas de juego claras y de cumplimiento igualitario para todos. No han quedado dudas de que ganan con trampas, con ventajas comparativas y árbitros parcializados. De eso, este pueblo se hartó y tal hartazgo producirá efectos tanto en el presente como el porvenir, lo que representa ganancia neta para nuestra democracia.
Solo un estado de generalizada desesperación ante una amenaza pavorosa, puede explicar las torpezas reiteradas cometidas por el gobierno desde las primeras horas posteriores al anuncio de la suspensión del certamen.
El listado es largo y el suplicio intenso. Acusaron a la oposición del que denominaron sabotaje. Alegaron que tenían ganadas las elecciones ofreciendo cifras concretas. Involucraron un técnico de una telefónica y un militar asignado al candidato puntero en encuestas. Ordenaron al Ministerio Público que suspendiera el proceso investigativo contra estos.
Lanzaron bombas lacrimógenas contra la multitud que se manifestaba en la Plaza de la Bandera. Cercaron las inmediaciones de la residencia del presidente. Despojaron a una madre y su hija de la pancarta que portaban. Impidieron la circulación de ciclistas. Denostaron a quienes protestaban, catalogándolo como riquitos hijos de dirigentes opositores. Amenazaron electores con la mentira de que saben por quién vota cada quien.
Tantos errores, combinados con el engreimiento generado por el prolongado ejercicio del poder sin contrapesos, auguran un final de frustraciones que el país espera sean disipadas en el sistema penitenciario dominicano.

