Eran las siete de la mañana de un sábado y no andaba buscando visa para el sueño, cuando un gran estruendo me despertó. Salí corriendo para el balcón y vi a una brigada de hombres con mandarrias embistiendo el edificio. ¿Qué hacen?, grité, y silencio y otra vez las mandarrias. ¡Dios mió!, pensé, ¡están ahora importando los zombies de Haití! Y cogí un paquetico de viejos montantes de Navidad (de los tiempos en que no estaban prohibidos, querido primo Franklyn), los encendí y se los tiré.
El ¡BAM! pareció despertarlos. No e nala, grito uno y volvieron a las mandarrias. Entonces llamé al coronel Sosa, oficial correcto y amable que maneja la Zona Colonial por Politur, y al verle, los dueños del primer piso buscaron los papeles (¡autorizados desde hacía más de un año! por la oficina de Patrimonio), que nunca nos habían mostrado y que implicaban una flagrante violación de la Ley de Condominios, porque los vecinos habían iniciado sus modificaciones sin obtener nuestro consentimiento.
Fuimos entonces a Patrimonio, a ver a Eda Grullón, su directora, y ella, que estaba ahí, argumentó que no podía recibirnos y nos dio una cita formal para el próximo miércoles. Ese día, nos apersonamos a la hora fijada, pero la directora en cuestión ni siquiera había llegado al trabajo. Nos recibieron dos sustitutas, a las que cuestionamos sobre las dos construcciones que se estaban llevando a cabo y ellas argumentaron que la arquitecta a cargo nos había visitado para pedirnos nuestra firma in situ, después de iniciada la demolición.
Como es de suponer, como respuesta a nuestra visita se aceleró la construcción, algo en lo que no pude intervenir porque tenía que salir de viaje por dos semanas. Podrán imaginar mi asombro cuando, a mi regreso, mi esposo me informó que había tenido que apersonarse a la Fiscalía Barrial con un abogado, porque yo había sido acusada de amenazar a la arquitecta, aunque nunca la había visto, ni había intercambiado una sola palabra con ella.
Cuestionada por el abogado, la muchachita en cuestión se puso a llorar y le dijo a mi marido que Patrimonio le había recomendado poner la denuncia para curarse en salud. Pienso que ahí, o había gato entre macuto, o el personal de Patrimonio es absolutamente irresponsable.
Como colofón, mientras mojaba mis plantas cayeron algunas gotas en el primer piso y ello motivó mi primera insultada en domínico-creole, desde vieja e mielda en adelante. Cuando bajé a exigir una disculpa, el joven obrero haitiano replicó: Somo to iguale, como si esa igualdad (que se ganaron a pulso con la primera Revolución Negra del Nuevo Mundo) fuese una licencia para el insulto.
Pensé en la amiga Lourdes Cuello, tan correcta y tan santiaguera, bregando con este tigueraje de Patrimonio, y tuve que reírme a carcajadas, para no llorar.

