En gesto de nobleza y valentía, un grupo de peregrinos llegaron desde lejanas tierras hasta la ciudad capital pensado en estrechar sus manos, conocer y entregarle al presidente Leonel Fernández una carta a nombre de sus respectivas comunidades.
En esa carta se le pide que acuda en auxilio de miles y miles de personas que hoy sufren hambre y miseria, sin acceso a agua y sin luz, en medio del abandono y el silencio oficial.
Son genuinos representantes de sus respetivas comunidades.
Ejemplos son Angel Sosa, quien con una cruz a cuesta vino desde Dajabón. También están los de Moca, coordinados por José Miguel Balbuena; los de Neiba, los de Baní, los de El Seibo y otros.
Estos peregrinos han recibido el apoyo moral y solidario de su pueblo y de instituciones como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y la Fundación Cruz Jiminián.
Igualmente, los han apoyado personalidades como el mismo doctor Antonio Cruz Jiminián y el padre Rogelio Cruz y sindicalistas como Juan Hubieres y Ramón Pérez Figuereo. Los de Moca recibieron de quien esto escribe la Medalla de la Dignidad y la Valentía.
Pero no han sido recibidos por el presidente Fernández. A unos los han recibido funcionarios de décimoquinta categoría. Lo más cerca del Palacio Nacional que algunos han llegado es a las inmediaciones del club San Carlos, ubicado a unas cuantas cuadras de la Presidencia, que es la casa de todos los dominicanos.
Pero los peregrinos paridos por las entrañas del pueblo parecen ser invisibles a los ojos de los inquilinos del Palacio Nacional. Un ejemplo vivo es Eddy Reyes Nova, quien desde Neiba se trasladó a la ciudad capital en silla de ruedas en reclamo de la construcción de un simple tramo carretero. Hubo promesas, solo promesas
San Agustín decía que todos los gobiernos tienen por único objeto el bien de los gobernados, y Jean Jacques Rousseau señalaba que lo que es malo en moral, también es malo en política.
Hay héroes de Guerra y de Paz.
Los peregrinos de Moca y de los demás pueblos son héroes de la paz. Kerigmáticos de la esperanza.
No merecen que se les subestime o se les menosprecie. Por el contrario, deben ser reconocidos como los portavoces del pueblo, un pueblo con el cual ningún mandatario, por encumbrada que crea su estrella, debe jugar, so pena de que un día esa gran masa dormida despierte, y, al sentirse irredenta, cobre con saña las burlas y la ignominia.
Señor Presidente, reciba en el Palacio Nacional a estos peregrinos, invítelos una mañana a todos, comporta con ellos y escuche sus reclamos e inquietudes.
Reciba a estos valerosos y humildes hombres y mujeres que, desafiando adversidades en forma pacífica, cual Mahatma Gandhi criollos, sólo piden obras para quienes lloran y claman justicia social.
Aunque usted podría omitirlas, mis sugerencias podrán ser borradas por el viento, pero jamás por la historia, porque gobernar es tener flexibilidad, paciencia y compasión, y quien lo hace no descansa, como escribió el insigne Lope de Vega.

