La perversidad no tiene límites. Y más cuando sus protagonistas anidan dentro del campo de la política.
Los perversos siempre andan acompañados de las acciones malvadas, imprudentes, necias, aprovechadas, tozudas y arrogantes. Sabiamente utilizan y se adentran en la actividad política no con fines puros como los de Duarte, Espaillat y Bosch; sino con mentes claras para el enriquecimiento a través de los fondos públicos.
La mentira es su naturaleza. Ellos no son poseedores de amigos o compañeros. Adoran las palabras: abuso, traición, injusticia, engaño, desconsideración, maldad, necedad, destrucción, chisme y otras tantas.
Los perversos no son más que auspiciadores de las enemistades y de las catástrofes a lo interno de una organización. En realidad, son amantes empedernidos de las sendas que conducen a los callejones sin salida.
Para nada les interesa el orden de las cosas. Ni la estabilidad ni el bien común; ni la dureza de la democracia ni la convivencia pacífica; ni la disciplina ni la unidad interna; ni ser compasivo ni justiciero. Tan solo piensan en ellos; exclusivamente en ellos. Y sobre esa base suelen identificar a sus víctimas para entonces acuchillarlos, en la claridad del día o en la profundidad de una noche oscura.
Así provocan la raíz del odio; sin meditar y mucho menos observar. Y lo verdaderamente lamentable de sus absurdos y provocadores comportamientos es que actúan sin medir las consecuencias. Todo está dicho, pues.

