Opinión

Pescando en río revuelto

Pescando en río revuelto

Hay precandidatos  presidenciales del PRD que han aprovechado las desventuras de veintenas de sus compañeros, evidentemente afectados por un ran fraude durante el pasado proceso electoral. Afilan cochillo para sus gargantas.  Socavan las fuerzas que les daría sustento en caso de ser nominados.

El culpable  no es Miguel Vargas. Pero no faltan quienes  pretendan linchar al presidente del PRD por no haber sofocado los embates del Estado y el derroche de fondos públicos desplegados por el presidente Leonel Fernández y la horda peledeísta, quienes intentan arrasar, a su paso, con todo lo que hay escrupuloso y decente en este país.

Todo el PRD, incluyendo a los dirigentes que piden la cabeza de Miguel Vargas, son víctimas del proyecto reeleccionista “Leonel o que entre el mar”. 

Las elecciones congresuales y municipales pasadas constituyen apenas el desenlace de una trama que se inicia hace seis años. Una trama que fue urdida, por supuesto, en Venezuela o en Nicaragua. Tal vez en Ecuador. 

Acaparar el Senado de la República y alzarse con más de las dos terceras partes de la nómina congresual es, por tanto, un plan trazado al margen de los verdaderos resultados electorales.

Nadie duda que hubiera pasado lo mismo de haber estado al frente del PRD en este proceso los dirigentes Guido Gómez, Luis Abinader o  Ramón Arburquerque. Probablemente el equipo de Vargas tenga que revisar algunas tácticas y estrategias aplicadas o dejadas de aplicar, pero sus errores, que los hubo, fueron desbordados por las inescrutables ruedas del poder.

Toda derrota es injusta. Esta es, además, infamante. Deja mucho que desear, desacreditando un proceso que pudo ser paradigmático. Sumarse, entonces a la celebración de un acto tan oprobioso es hacer causa común con los enemigos de la democracia y la estabilidad económica.

El PRD es, prácticamente, la suma de toda la oposición política dominicana. Por tanto, representa en él mismo el contrapeso que requiere nuestra  “democracia” para ser creíble y sostenible. Su dirigencia, en conjunto, debe reconocerlo y actuar en consecuencia. Un comportamiento diferente es, a todas luces, desacertado.

El Nacional

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