El G-8 está llamado a encabezar una acción global e inmediata para socorrer al pueblo haitiano. Estados Unidos, Japón, Francia, Reino Unido Alemania, Italia, Canadá y Rusia, con notable peso político, económico y militar, deben asumir el compromiso de convocar a las demás naciones para la ejecución de un gigantesco plan sin excluir la posibilidad de instaurar un gobierno de reconstrucción dirigido por el G-8.
Ocurrida la catástrofe, no existe la menor duda de que Haití es un estado fallido. A lo cual debemos agregar que carece de medios para levantarse. Recibe ayudas que fluyen con dificultades de recepción y organización, sin la garantía de un masivo aprovechamiento y uso. Paliativo que no representa una solución a largo plazo. Reflejadas razonablemente, apenas, en la urgencia de las atenciones médicas y alimentarias.
Reeditar un Plan Marshanll con características similares al aplicado a la Republica Federal Alemana y otras naciones europeas, requiere de un liderazgo político vigoroso y confiable, ausente en Haití desde hace más de tres décadas. La falta de una valiosa representación política es, probablemente, la principal causa de la crisis en la que el estado haitiano se ido extinguiendo.
Debe resaltarse la presencia de Konrad Adenauer quien junto a otros dirigentes contribuyó, con un ejemplarizador liderazgo, a coronar el Plan Marshall de manera exitosa tras la Segunda Guerra Mundial.
Decir que la crisis ha tocado fundo en Haití nos puede parecer un camino trillado pero es la mejor forma de explicar su situación con una sinceridad extrema.
La clase dirigente haitiana carece ya de legitimidad para ejecutar un programa o sistema regular de autogestión. Dicho así, la idea de aplazar las elecciones presidenciales puede parecer descabellada.
Es, sin embargo, la que conviene a la nación.
Es, acaso, la única y ultima oportunidad que tiene el pueblo haitiano para preservar su dignidad, nacionalidad, escudo y bandera. Sus políticos y empresarios han desperdiciado, recurrentemente, la oportunidad de llevar a cabo las obras necesarias pero, a todas luces, han escogido el fácil camino de los negocios rápidos, particulares e intrascendentes, sin mayores riesgos. Esto es, por no referir lo endémica que en nuestros países ha sido la corrupción gubernamental, Haití incluido.
