Cuando el presidente Fernández organiza el acto inverosímil de la supuesta adhesión a su proyecto reeleccionista de más de dos millones de personas, ya tenía decidido, muy a su pesar, que no se repostularía. La actividad formaba parte de su plan de ser un ente protagónico, tanto en la selección del candidato presidencial del PLD para las próximas elecciones, como en el futuro de la organización partidaria y del país. De lo que se trataba era de una reafirmación del peso de su liderazgo y de una autocrática manera de dejar establecido, sin dudas, que él es la persona con la que hay que negociar.
En principio, esas maniobras podrían parecer normales en el áspero mundo de la política y las sórdidas luchas por el poder. Pero no puede soslayarse el oneroso costo que implican para el erario, y el obstáculo gigante que esas formas de ejercer los liderazgos representan para el desarrollo democrático de los pueblos. Todo se dirigía, en el fondo, a la reiteración del carácter imprescindible de dirigentes que se consideran iluminados. Es una de las taras que este país debe superar para institucionalizarse.
Todos los argumentos expuestos en su discurso, en la dirección de que no tiene impedimentos jurídicos para repostularse y que, en última instancia, podía modificar la constitución, constituyen inequívocas pruebas de que de existir el escenario apropiado, que no implicara el trauma brutal que produciría el actual, el presidente, que nadie dude, habría optado por un tercer período consecutivo. Esa creencia, nada ingenua, de que no existen trabas legales, explica la campaña que se desplegó bajo la esperanza de que las condiciones objetivas y subjetivas resultaren propicias. El no producirse eso, hizo desistir del proyecto, nada más.
Nadie puede suponer que un político que ha alcanzado la dimensión histórica de Leonel Fernández y que a su relativa corta edad ha acumulado tal nivel de influencia fuera o dentro del poder directo, vaya a marginarse de procesos decisorios para el devenir de la vida de la república en los próximos años. Esa posibilidad no cabe en cabeza de alguien con un mínimo de raciocinio. De ahí que, todos los pensamientos, actuaciones, silencios y palabras de un político con esas características, están hoy concentrados en los pasos correctos que vayan en armonía con su personalísimo proyecto de poder. Eso es así, aun pareciendo dramático, por encima de su contexto, llámese nación, partido, compañeros y esposa.

