El tema del Poder Judicial ha estado sobre el tapete en los últimos días por la combinación de los graves escándalos que se han suscitado y la reciente celebración de su día. Algo que demuestra, nueva vez, que aquí las cosas suelen tratarse de forma episódica, como si de pronto nos hubiese sorprendido un problema de vieja data, tanto, como desde que la politiquería se obstina en hacer de este estamento estatal un muñequito de trapo que tira y jala.
Con tanta puerilidad se trata el asunto, que casi toda la discusión ha girado en torno a si padece o no una crisis ese poder del Estado, como si a través de tantos años no habría resultado suficiente la lastimosa circunstancia de que sus estadísticas son apabullantes en el sentido de que solo opera con rigor y eficiencia para los desamparados sociales y económicos. Para los demás, la orden o el efectivo resuelven. Si eso no es crisis, ¿qué puede serlo?
Tanta ambición de poder es una tragedia para el país
La problemática del presente se reduce a las consecuencias de una decisión de la peor naturaleza política, la cual, a su vez, resultó posible por la perniciosa concentración del poder de la cual continúa padeciendo esta sociedad. Esa hegemonía permitió que se conjugaran factores imprescindibles para hacer de la justicia una marioneta activada por controladores que tenían la capacidad de estructurarla y lo hicieron con toda la premeditación y acechanza para que sus desmanes estuvieran cubiertos con el manto infalible de la impunidad.
Si bien es cierto que la referida concentración de poder subsiste, no menos verdad es que las luchas por controlar el partido gobernante determinan combates feroces por el predominio sobre instituciones públicas, dentro de las cuales, la justicia ocupa un lugar de primacía. No es el mismo PLD, ni idéntico liderazgo el que gobierna en la actualidad que el que lo hacía al momento de la constitución de las altas cortes y eso tiene repercusión en los intentos por manipularlas a través de distintos titiriteros, pero con similares propósitos.
Esa nueva maquinaria de dominación ha ido conquistando todos los terrenos en disputas y lo que ocurre en este momento no es más que una nueva batalla en la que también pretende imponerse para continuar ensanchando sus dominios. Es una tragedia para el país que tanta ambición no repare en el daño terrible que con esto se le hace a una democracia tan vulnerable como la nuestra.

