En Las Voces, Pedro José Gris patentiza el viaje sin retorno del poeta desde la segunda inocencia de la conciencia en estado mítico, arrebatada y afianzada en el mismo paisaje de agua que la cerca, testimiado en el Odario; hasta el desenlace en el poema que da título a este libro.
Gris es graduado en filosofía y literatura, fundador del Ateneo Insular y creador, junto Bruno Rosario Candelier del Movimiento Interiorista.
En la actualidad tiene una modesta producción de cuatro obras, pero de un alto contenido filosófico y enseñanza moral.
Ha sido jurado en el Premio Nacional de Poesía, y obtuvo el Premio de Cuentos de Casa de Teatro, en 1991.
Semana reproduce dos reflexiones poéticas de la producción literaria de este joven escritor.
Oda al Padre
El de los cabellos azules(Nelson vivió lo que escribo en el agua) Del vaho de la tierra palpitante de noche asciente vaporoso jugo letal de angustia y turba mi cabeza, en su origen de sangre primigenia, esa extensión inmensa de sangre y criaturas subterráneas…
El gris, acerado sentimiento, me obliga a entrar al agua a refrescar un poco la existencia.
Es un baño de espadas disueltas en lunas líquidas y en agua he empezado a nacer de nuevo desnudo en la sal, en la consumación de la blancura la vida se vierte meditabunda, se pierde se perfuma se embriaga…
La noche es un aroma de muy viejos rosales y un viento muy sabio de adolescentes labios que besan, que besan…
La Tarde, simplemente se hace olvido…
El mar, el mar, el padre de estos seres, impasible y agónico enciende misterioso sucesivo alborozo de silencio…
Nada… más que vivir la vida presiente… la tarde lentamente… nos suma a su memoria, es decir, a su vez, a su música, a sus rosas… Y más allá del tiempo, de la sucesión misteriosa, del oleaje, la eternidad resplandece en su hondura intangible!
Hacía tí convergen la mediatez del tiempo, la agonía del agua, el soplo de la luz en la Nada Perfecta más allá de la forma y de la belleza!
¡Epifanía pura de cristales de instantes!
¡Marejada del Uno mágico y derramado en cristales eternos!
¡Oleaje esencial sin distancia, sin tiempo! Oh Mar, oh Padre de los siglos,
Padre de estos seres vibrantes que ahora toco en mi dispersión, en su fluir viviente, en su latir cósmico.
Oh Mar, Oh Padre mío, mío desde la noche, desde la sal, desde la consumación de la blancura! Oh dicha de este hijo en tus noches extrañas donde se escuchan vuelos, donde el Padre medita el abismo que acecha a todo hombre… y desde su meditación se elevan truenos.
Oh Padre, sosegad la noche hasta hacerla imagen del pasado
Oh Padre, sosegad esta visión de sangre que abruma;
abre tu inmensidad, mira sangrar mi cuerpo herido en tu dolor, en tu belleza ahogado en tu clarísimo tristeza…
Oh vasta la tumba azul donde los siglos mueren.
Oda al agua
Todo es agua en la vigilia
Desandar el devenir es conocer el paisaje
Todo tiende: la tarde hacia las tardes
Si cambio soy los otros cargado de memoria María, por ejemplo, en un río con un pozo despierto
El cosmos: única humedad hacia su fuente
La vida es triste y toda agua es espejo
Vivir no es más que deshacer presencias
Gracias, Padre, porque eres la líquida evidencia y el alivio Yo, por ejemplo, sufro en soledad y me desangro de Tiempo
Sentir es ya torrente: y yo existo
Tu vientre, como la muerte, bebe el agua sin fondo
Hay quienes no pueden consigo mismos hasta morir de sed
Un tumulto de lágrimas besa el durmiente y lo deja en su
inextesión
María, por ejemplo, vena de llanto, y desnuda, savia de profundidades.
Vivir el instante es perder la memoria y vivir el estupor
Yo, digamos, soy un poco de Mar con jugo de hastío
La dicha, como el río, se hace horror en la noche
En los ojos del griego el agua es circular
Tales, tales de Mileto: para las almas es muerte llegar a ser
//agua

