Padre de artistas, Fidelio es una figura paternal y amada por esos seres indestructibles que saben que en nuestra casa tienen un espacio de paz y solidaridad. Entre esos muchos, Tony, Belkys, Jorge, Xiomara, Pascual, Julia, Dolly, Héctor, esta Polibio Díaz, a quien Fidelio ha bautizado como mi jefe.
Lo llama cariñosamente así, porque cuando Polibio se encuentra en un proceso creativo, lo cual también implica su salud corporal, llama a casa a las seis y siete de la mañana, con algo qué discutir, Fidelio le dice que estoy durmiendo y él no acepta un no por respuesta.
Como poeta y dramaturga, he estudiado bastante la personalidad artística como para respetar sus silencios y esas búsquedas creativas que hay que apoyar con una conversación inteligente, aplacando esas tensiones que, como tormenta eléctrica, nos someten a días y noches de insomnio.
Polibio es un dinamo, un artista serio cuyo perfeccionismo puede ser su peor enemigo, porque no hay detalle que escape a su ojo de fotógrafo empedernido, de artista visual que hoy hace performances donde se involucra de lleno.
Cuando armó la instalación La Isla del Tesoro, una crítica a la isla artificial con que amenazaban arruinarnos la vista al mar y el bucólico entorno de la ciudad intramuros, Polibio ideó una isla de 60 libras de biscocho, cuyos edificios y jardines estaban hechos de dulces y caramelos. En el aeropuerto tuvimos que solicitar dos sillas de rueda para transportar las cajas y hablar con Cubana para que nos permitieran que viajaran en primera clase. 500 personas esperando entrar a su espacio son el testimonio de la popularidad de una pieza que asombro y deleito a los cubanos.
Hace ya varios años que Polibio se viene adentrando en el universo de los emigrantes. Su serie sobre los Dominicanyorks ha sido celebrada como un acto de genialidad: Dos ciudades paralelas, una de rascacielos, museos y Bancos, pendiendo como espada de Damocles sobre la cabeza de infelices que venden habichuelas con dulce en Quisqueya Heights y juegan pelota en sus segregados espacios, y otra la de los barrios de nuestra gente.
Con su Manifiesto, video que le ha ganado uno de los premios de esta multitudinaria y alegre 27ava Bienal, Polibio se adentra por los vericuetos de una inmigración de la que no queremos hablar: la de los condenados de la tierra, los haitianos. Combinando la lectura de la Declaracion de los Derechos de los Emigrantes, con un paseo por los lugares emblemáticos de ese éxodo interno, Polibio deja que hable la realidad, nos invita a ver más allá de nuestros bordes y del último piso del ascensor, la paralela y dolorosa realidad que nos circunda.
