Solo en Santiago el costo de la propaganda proselitista que inundó calles y avenidas fue calculado en la friolera cantidad de 30 millones de pesos. En la ciudad no quedó un espacio en que no se colocaran vallas, cruzacalles y afiches para promocionar los candidatos a las distintas posiciones electivas.
En el municipio un tribunal había acogido un recurso para reglamentar la publicidad visual, pero los candidatos que batallaron con todos sus recursos para dirigir y representar la ciudad no tardaron en ignorarla.
La contaminación del proceso electoral constituye uno de los males a que el proselitismo político somete a la población en este país, porque para conseguir adeptos el método del derroche de recursos resulta el más efectivo.
Aunque algunos candidatos dicen que han llamado a sus seguidores a cooperar con el retiro de su propaganda y la limpieza, Santiago está tan inundada de desperdicios que la tarea se presenta casi titánica. Y todo por la costosa promoción.

