Opinión

Política y crisis

Política y crisis

La crisis económica iniciada en el 2007 ha tenido hasta el momento tres etapas; una primera real con el desplome del valor de las viviendas, seguida de una financiera con la caída de Lehman Brothers, y finalmente una soberana con las crisis de la deuda pública en el primer mundo. En estos momentos parecemos estar entrando en lo que sería la cuarta etapa, la política.

La euforia de la recuperación económica se ha venido apagando a medida que se empieza  a despejar el humo de los sumamente costosos estímulos y las políticas expansivas, y se revelan resultados tímidos en la mayoría de los casos, o abiertamente decepcionantes en otros. La severidad de la crisis puede que haya sido subestimada aún dentro de su gravedad, y tanto la impaciencia del público por resultados perceptibles como la capacidad de los Estados de impulsar el crecimiento económico, parecen estarse agotando.

A lo largo de toda Europa, y principalmente en Grecia y España, el descontento de la población por las estrictas medidas de austeridad impuestas, se hace cada vez más grave y en algunos casos violento. Gobiernos de países más estables dentro de la gravedad como Estados Unidos y Alemania, observan como sus gestiones degeneran en impopularidad, y su capacidad de promover medidas legislativas de importancia se observan más restringidas.

Incluso países que en un principio lucieron “blindados” frente a la crisis, hoy se ven apresurados a evitar el recalentamiento de sus economías o el desbalance en sus cuentas fiscales, con su propia medicina de medidas impopulares. Pudiéndose incluir a la República Dominicana en ese grupo.

Desde el 2008 he venido diciendo con insistencia que la crisis no se formó espontáneamente en los mercados y no tuvo nada que ver con especuladores. La semilla de la crisis la creó la política, y ahora, sin tener mucho margen de hacia donde redirigir responsabilidades, le toca a ella vivir sus propias calamidades.

Las políticas de incentivo para la vivienda propia degeneraron las crisis del 2008; el modelo keynesiano de estímulo económico iniciado en el 2009 no parece haber dado resultados satisfactorios, y hoy los Estados apenas lucen capaces de sostenerse a si mismos.

Si bien tengo elevada certeza de  que la mayoría de las desavenencias políticas actuales no degenerarán en sus potenciales catástrofes, después de todo, las clases no se suicidan. Lo cierto es que los actuales pulseos dejan en evidencia la esencia misma detrás del pensamiento que nos dirigió a este punto.

Hoy me resulta difícil determinar quién es peor, si las poblaciones que prefieren apuntar sus dedos acusadores en todas direcciones antes que a sí mismas, o los políticos conscientes de la gravedad de la situación se montan como abanderados de esos reclamos a sabiendas que al final de esa corriente sólo espera el precipicio.

El Nacional

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