Opinión

Política y marketing

Política y marketing

La política ha degenerado de ser un instrumento para gobernar a los pueblos, a ser una técnica para obtener el poder por el fin del poder mismo. Más que en la buena administración de la cosa pública, la política trata hoy de hacer un buen ejercicio de mercadeo, tengan el mensaje o las personas la sustancia o no para respaldarlo. Y allí reside la gran debilidad de la democracia: más que tomar decisiones reales para el futuro de  una nación, la política hoy no difiere del debate de preferencias entre la Pepsi y la Coca Cola.

La política ahora  trata de vender una idea y una imagen. No importa qué tan mal se gobierne, sino qué tan mal la gente piensa que se gobernó. No importa qué tan terrible administrador puedas ser, sino qué tan mal administrador hagas creer que es tu contrincante. Los pueblos no son sabios, todo lo contrario, pero es necesario hacerles creer en su sabiduría para preservar lo importante, el poder.

La política como algo más cercano al marketing que a la administración es lo que explica el método de hacer campañas en nuestro país. No hay debate ni discurso porque ese tipo de exposición solo tenderá a implicar un riesgo hacia la baja. Después de todo, no es lo más brillante del intelecto local lo que aspira a gobernarnos, y no es mercadológicamente efectivo recordárselo a los votantes. 

La gente adora a los ganadores, y para política se aplica el mismo concepto que para la pelota invernal: si estás arriba se llenan tus estadios, si estás abajo te quedas sin seguidores. De ahí que la elección de un Presidente degenere en un concurso de medición de encuestas. 

Nos damos el cuestionable lujo de aspirantes a Presidente que aspiran a deteriorar la solvencia de una entidad de estímulo como el Banco Agrícola, bajo la esperanza de que al condonar las deudas bajo su posible presidencia este eventualmente recapitalizaría a la entidad. El dinero de esa exoneración y posterior recapitalización, obviamente saldría de impuestos, los mismos que pagan los supuestamente liberados de deuda y sus sufridos consumidores. Pero eso realmente es irrelevante, el tremendismo te gana espacio gratuito en los diarios.

Tenemos el placer cómico de observar aspirantes proponiendo reducir la recaudación del Estado en cerca de 2.5% del PIB y al mismo tiempo ofrecer 4% para la educación, todo en la misma oración. Pero descuida, ese sin sentido no lo comprende el ciudadano de a pie, lo importante es que figuras en la prensa arrimándote en la popularidad de una causa reconocida. 

Y esos son nuestros candidatos, personas que no serían contratadas por una empresa privada ni para administrar su cafetería ejecutiva, pero de quienes todos parecemos bastante satisfechos como para entregarles la administración del futuro de todo el país. Pero no olvidemos, esto es política, y no se trata de quien puede hacer mejor trabajo en el manejo de la cosa pública, sino quien sepa mercadearse tan bien como una Coca Cola.

El Nacional

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