No hay que tener un máster en mercadeo para darse cuenta de que Miguel Vargas Maldonado, después de Leonel Fernández, es el candidato de mejor perfil en el sistema político nacional, aunque carece del carisma que le sobra a Hipólito Mejía.
Sin embargo, se hizo acompañar de un equipo de perdedores, cuyas recomendaciones estuvieron siempre divorciadas de los intereses de las bases del Partido Revolucionario Dominicano.
Cuando era candidato presidencial en el 2008, la primera recomendación de los asesores fue alejarlo de los símbolos del partido. Instalaron un comando de campaña en El Millón y lo pintaron de azul. La derrota no pudo ser peor.
En las elecciones del 2010, diseñaron una estrategia que consistía en ignorar el nivel de aceptación en la población de los líderes locales e imponer candidatos que posteriormente sirvieran al proyecto particular. Como en la primera ocasión, la derrota no pudo ser más humillante.
Le recomendaron que habilitara jurídicamente a Hipólito Mejía, a través de la firma de un acuerdo con el presidente Leonel Fernández para modificar la Constitución. De esa forma demostraría su gran liderazgo a la sociedad.
Entonces vino la etapa de mercadeo, y ellos decidieron que la consigna era Miguel para Ganar y vender un triunfalismo exagerado: 80-20, Mucho a poco. No importa la realidad electoral, a nadie le gusta perder.
A esto le siguió la estrategia de mantener el candidato sin olor al PRD de Peña Gómez, de los desharrapados, de los marginados.
Me dicen que durante la campaña interna nunca aceptó tomar un vaso de agua en casa de un compañero, y se hacía acompañar de un mayordomo que le servía con manos enguantadas. Esto pasaba ante los ojos de los futuros votantes.
Y desde el punto de vista político nunca hubo oferta clara a lo interno del partido, ni siquiera un plan con objetivos definidos. La gente no entendió el discurso, y los asesores volvieron a perder.

