Rafael R. Ramírez Ferreira
Mayor General, E.N. (DEM)
Uno debe ser tan humilde
como el polvo para poder
descubrir la verdad.
Gandhi, Mohandas.-
Vivimos momentos de pesares. Padecemos continuas epidemias, enfermedades y ausencias que día a día ahondan un gran pesar, como si la vida fuese perdiendo sentido para luchar por ella y emplear tanto tiempo para recubrirse de las inmundicias que deambulan como almas en pena y que se jactan de imponernos que respiremos el fétido aire moral que tanto disfrutan.
Pero todo lo que a diario vemos y sufrimos, no tiene más que ser una prueba para categorizar nuestro carácter y actitud para luchar y demostrar que el deseo es lo importante ahora, a falta de la fuerza para llevar a cabo la acción que este ir y venir ordena.
Quizás por esto es que no debemos amilanarnos ante aquello que se llama contenido, es decir, ante todo aquello que contiene algo, como la sociedad, por ejemplo. Pero vayamos con pies de plomo, no vaya a ser cosa de que ese contenido esté sucio o contaminado y afecte lo que esté adentro. Asumamos que lo que está dentro de ese contenido es nuestra voluntad de no ceder, de no claudicar ante la bajeza de comportamiento o la actitud maliciosa de pretender corromperlo todo y a todos.
Ahora bien, es cosa clara que de las consideraciones precedentes no se puede concluir que el abatimiento lo debemos dejar a su libre albedrío para que amilane nuestro interés por la vida, muy a pesar de sentir que los mejores hombres y a la vez amigos, se nos vayan como si fuesen parte del viento, dando la sensación de dejarnos solos y abandonados en el camino.
Lejos de abrigarnos en la actitud derrotista debemos asumir como comportamiento básico, en efecto, que tenemos que continuar cargando la pesada cruz de la subsistencia y proseguir siendo los arquitectos de nuestro fin, muy por encima de los que tratan de imponer la maledicencia como regla moral y los vicios éticos como virtudes que no podrán ser barridos por una firme actitud en contrario.
Vergüenza contra dinero, fue una vez el lema exitoso de un partido en su campaña política. Hoy, nueva vez, parodiando esa frase, debemos decir vergüenza y moral contra los corrompidos y prepotentes asalariados del narcotráfico. Sólo eso guía nuestra nave: vergüenza y moral, como un dúo dinámico a cuyo ritmo debemos bailar todos algún día.
Sólo las reglas o normas que rigen una sociedad reflejan cual espejo divino la ideología que la dirige. Por eso, aquellas sociedades donde los hombres deben y están regidos por normas y regulaciones de conducta y accionar, esto es, que están normados por una ética de comportamiento, donde el diario vivir es una constante reflexión sobre lo bueno y lo malo, es una sociedad donde la mediocridad y la corrupción campean por su ausencia.
No así sucede cuando en una sociedad lo vago, mediato y farandulero son las normas de comportamiento. Sobreviviendo en este mar de confusiones asumamos que el gran dilema es comprender el rol de los buenos principios, es mantener el orden tanto humano como divino. Entendiéndose todo esto como poseer el concepto claro y definido de la justicia y la verdad en contra de lo malo, falso y erróneo, englobado todo esto dentro de un comportamiento dominado por una alta dosis de iniquidad.
¿Qué nos hace falta para revertir los resultados de los actos que asumimos como sociedad?. Pues nada más y nada menos que enarbolar de modo reflexivo una cultura de cambio que termine por cerrarles el paso a los malvados que hoy se ríen con la muela de atrás, pues piensan que definitivamente han logrado salirse con las suyas. Si entre todos no le salimos al paso a la desfachatez que asumen quienes nos adversan, de seguro que estaremos dejando a nuestros descendientes una sociedad marcada por la vileza, el engaño y la traición a nuestros valores fundamentales.
Por eso hay que iniciar el cambio, la nueva ruta por la cual se debe dirigir la sociedad. Hay que enseñar que la ética es el camino esencial del éxito, que el culto a los principios y normas morales deja un mayor beneficio mucho más duradero que las acciones malvadas y perversas, convirtiéndose todo lo demás en algo fútil, insustancial, incluyendo la propia libertad, pues a decir de Platón, cuando la ética queda fuera de la libertad, ésta se convierte en anarquía.
Estamos obligados a moldear un nuevo êthos o modo de ser de nuestra sociedad. Los principios éticos se han ido diluyendo en el tiempo, lo que ha provocado que hoy las indelicadezas las tenemos como normas de vida. El engaño es lo normal, tanto en la vida social, política o comercial. Todo el mundo trata de engañar a todo el mundo. El verbo se conjuga yo engaño, tú engañas, él engaña, todos nos engañamos. Mentiras sobre mentiras e intrigas sobre intrigas. Así estamos y al parecer así queremos continuar.
Como reacción a este cuadro de cosas tenemos que crear nuevos hábitos y en base a repetición y repetición establecer las rutas que nos conduzcan a regirnos por normas que establezcan las prescripciones y prohibiciones que definan el marco moral y ético que nos permita vivir y dejar en herencia una sociedad no heredada como la naturaleza biológica, sino como una segunda naturaleza, adquirida en base al desarrollo y la repetición de los buenos hábitos.
Hemos construido al través de los últimos años nuestra manera de ser y aplicado modelos y costumbres que no precisamente han sido lo mejor, basados en actos egoístas, encerrados todos en la esfera del concepto del mal.
Estamos a tiempo de preparar el gran cambio. Mientras tanto, obremos teniendo por norte en nuestro batallar las acciones con actos morales positivos, de gran calidad moral y veremos resultados trascendentes.
Actuando así, tendremos por fruto que no pasarán los tremendistas actos de indelicadezas; por el contrario obtendremos un reverdecimiento de la fe en nuestros destinos y enseñaremos que jamás pasarán de moda en nuestra sociedad los valores fundamentales que como nación nos han proyectado como dueños de un perfil humano diferenciador, el cual nos sirve de sostén.
Reverdezcamos los principios morales, porque al fin y al cabo sólo ellos hacen grandes a los hombres y por ende a la sociedad que los alberga. Esto pienso y esto creo. ¡Sí señor!.-
E-mail: rafaelpiloto1@hotmail.com

