Venezuela requiere y merece que América Latina le acompañe en la búsqueda de una salida pacífica a su grave y prolongada crisis política por vía de un ejercicio dialogante sano y efectivo en el que Gobierno y oposición posean la exclusiva potestad de señalar el camino que conduce a la concertación.
República Dominicana se ha convertido en el escenario ideal para que las partes confrontadas eviten que la crisis derive en una conflagración civil o que la democracia perezca impactada por petardos de extremismos o incomprensión.
El continente ha dirigido hoy toda su atención hacia Santo Domingo donde delegaciones del Gobierno del presidente Nicolás Maduro y de la opositora Mesa de la Unidad Democrática inician conversaciones para salvar la patria de Bolívar.
Aun con piedras colocadas en el camino del diálogo, como la fuga del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma y el prematuro anuncio de que el presidente Maduro volverá a aspirar a la presidencia en 2018, están dadas las condiciones para que se alcance un acuerdo que salve la democracia en Venezuela.
Halcones del intervencionismo y aves de rapiña del oportunismo intentan malograr la única vía posible que tiene esa nación para evitarle a su pueblo un derramamiento de sangre que al final conduciría a un tipo de diálogo post mortem.
República Dominicana guarda imperecedera muestra de gratitud hacia el pueblo venezolano que a través de la historia ha abierto de par en par sus puertas para acoger a dominicanos perseguidos por la intolerancia y la represión, como fue el caso del exilio del patricio Juan Pablo Duarte, que vivió en ese país hasta su muerte.
Hoy, la Patria de Duarte sirve de escenario a un esfuerzo dialogante que procura que esa nación sudamericana retorne por vía pacífica a la democracia plena y al ejercicio de los derechos y libertades políticas diezmadas por cruentas formas de intolerancia o sectarismo.
Lo sensato debe ser que todos apuesten a la concertación y al arribo de un acuerdo promisorio entre Gobierno y oposición, sin la intervención de intereses foráneos en rol de buitres que aguardan devorar los restos de una democracia que creen agonizante.

