Opinión

Posverdad y fake news

Posverdad  y fake news

Lo que faltaba a la prensa en un momento en que las redes sociales la han despojado del monopolio de la información, cuando los hechos se conocen antes de publicarse, era tener que salir a defender su propia integridad frente a la difusión de noticias falsas. El gran poder que ostentó cuando con una hábil manipulación, como decía Malcom X, podía hacer que la víctima pareciera un criminal y el criminal una víctima, es un asunto de un pasado muy remoto.

La radio y la televisión no representaron tanto desafío como esas redes que han sepultado los pasquines y otros canales para dar a conocer casos que por distintas razones no interesan a los medios.

La prensa expone su moral, que no es otra que su crédito, cuando se presta a la distorsión deliberada de una realidad con el fin de crear y modelar la opinión e influir en las actitudes sociales.

Las fake news y la posverdad no son más que denominaciones modernas de viejas prácticas que el periodismo profesional tiene que desterrar para marcar la diferencia.

El problema, sin embargo, es complejo. La presencia de actores con tanto poder que prefieren apelar a las emociones y creencias personales para negar la realidad objetiva, como es el caso del presidente norteamericano Donald Trump, confirma cuán escabrosa es la batalla para liquidar los nubarrones del pasado y fortalecer el presente.

Es obvio que en esa batalla la profesionalidad de los periodistas, con la ética como escudo, es de las principales armas. Hasta antes de alcanzar el poder Trump consideraba necesario salir en la prensa.

Pero desde que se instaló en la Casa Blanca y fracasó en la manipulación sobre todo de los grandes medios, se volvió contra ellos, tildándolos de mentirosos y tachando cualquier noticia de falsa.

La preocupación del papa Francisco ha colocado en primera plana a nivel global, por el daño que implica, el impacto de las noticias falsas. “Su difusión”, advirtió, “puede contar con el uso manipulador de las redes sociales” y, lo que es importante observar, “de las lógicas que garantizan su funcionamiento”.

“De ese modo”, agrega, “los contenidos, a pesar de carecer de fundamento obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen”.

O sea que tanto las fake news como la posverdad constituyen dos verdaderas amenazas para el sagrado derecho a la información.

En tanto por estos lares apenas se perciben los reflejos del debate, combatir las lacras es mucho más difícil en países con sistemas institucionales frágiles. La soluciónno está en restringir los canales de información, que también son utilizados para divulgar lo que se calla. Si algo cabe es recurrir a la misma tecnología que las ha propiciado para perseguirlas y sancionarlas cuando se viole la ley.

El Nacional

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