Opinión

Precisamente

Precisamente

Son muchas las conexiones entre violencia y política. Casi todas tienen lugar mediante la forma en que intentamos controlar las acciones de los demás. Las expresiones iracundas y autoritarias, comportamientos desmesurados, el celo y el afán de poder entre los partidos, el irrespeto del individuo contra el semejante y la transculturación matizada por una realidad económica y moral cada vez más estrecha, como si se legitimara la violencia. Esta es un recurso de control extremo. Nuestro sistema de valores masculino dominante nos enseña a querer controlar todo signo de vulnerabilidad.

Sin embargo, un “aire de desafió” se percibe contra el Statu Quo de la sociedad que persiste en mantener intactas las apariencias. Hay que buscarle sentido a la violencia urgida de las carencias y esto no es  fácil para la mayoría de la gente. No sólo por los temores, deseos y culpas de unos y otros, sino también por la insidiosa influencia de algunos prejuicios generalizados. Muchos son violentos porque luchan por aquello que creen que les falta. Otros, porque defienden lo que creen tener. Esto representa una crisis de pérdidas y todas las pérdidas producen crisis, desde un acontecimiento particular, hasta aquél que envuelve toda la sociedad.

No se puede ofender la inteligencia de este pueblo.

Necesitamos tomar diversas perspectivas, en esta compleja tarea dentro de un clima de encuentro que proceda con flexibilidad de espíritu, porque reine la sencillez y la confianza mutua. La terquedad es provocada por la altanería y la reclusión egoísta en las propias posiciones. Si tras una concertación, un partido vence a otro, no se erige en vencedor frente del otro; ambos quedan hermanados en el campo de la verdad compartida, felizmente.

Se trata de integración, mesura, solidaridad, generosidad; debemos combinar, moderar, aunar, armonizar.

El Nacional

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