Después de ejercer una presencia luminosa en la década del 70, tras obtener en dos ocasiones el Premio Siboney, regresa como hijo pródigo a tierras dominicanas, a la patria letrada, Juan Carlos Mieses. Y lo hace en un trasiego del verso a la prosa narrativa, pues nos había sorprendido como dramaturgo y poeta con Urbi et Orbi, La cruz y el cetro, Flagellum Dei, y ahora se nos revela como novelista, una faceta desconocida e inexplorada en su imaginario creativo, con las novelas El día de todos y Las palomas de la guerra.
Nos deslumbra con su cultura bíblica, literaria y científica, que vierte en sus libros, con magia y encanto. Tiene un don, escaso en nuestra tradición cultural, y es el de la conversación galante y sabia, con espléndido dominio histriónico, de la palabra y su dicción. Admirador de Oscar Wilde, Paul Valery y Borges, Juan Carlos Mieses es un hombre de letras a quien la academia misma liberó, negándola, para asumir la sabiduría de las cosas sencillas y cotidianas, de donde alimenta sus ficciones, historias, diálogos y poemas. Le gusta leer a los autores, no escuchar interpretaciones, sino sentir y beber en la fuente primigenia de la imaginación y la fantasía.
Sus títulos en latín y su obsesión por la cultura clásica lo distancian del mundo contemporáneo, como lo delatan los títulos de algunos de sus libros, y la recreación de sus historias y atmósfera lírica de sus poemas. Amante de Shakespeare y los autores clásicos, prefiere ver cine, oír música y viajar para imantar su imaginación y apropiarse del paisaje.
Acaba de editar una antología poética personal Oda al Nuevo Mundo, donde reúne sus poemas predilectos, trabaja en múltiples proyectos de escritura y contempla el aire con el que dialoga, en armonía con los animales y las plantas.
