Urge pensar en nuevas ideas. Se sabe que algo anda mal y es de gran peso en el día a día. Si, se les suele llamar niños de la calle que viven en extrema pobreza, y esto, en mi condición de padre, me provoca un desgarramiento profundo. Sufren por falta de conciencia solidaria, y eso es inadmisible en un sistema democrático como el que hemos alcanzado después de largas luchas.
Se precisa la acción colectiva. Promover educación, salud y alimentación dentro de una deuda ética, moral, convincente, de nivel plural. El reto es impulsar acciones que favorezcan un desarrollo humano con capital educativo y formación integral.
Se ha registrado un aumento de la tasa migratoria juvenil desde Haití.
Ahí están, en cada esquina. Estos niños como los de aquí, no pueden ser desechables ni desprotegidos; trabajan para sobrevivir, obligados por familias quebradas. Algunos duermen en edificios abandonados o en construcción, en parques, alcantarillas y cuevas de la Zona Colonial.
Muchos hacen malabares en una acrobacia riesgosa en los semáforos, para limpiar parabrisas, recogen basura, utilizan su desnutrición y estado de salud en brazos de alguien de manera sumamente precaria.
Son, en ocasiones, víctimas favoritas del negocio sexual que propician algunos degenerados, y esto ha aumentado de manera indiscriminada, según denuncias de los medios de comunicación.
No olvidemos, los niños torturadores y asesinos de taxistas en Santiago, convertidos en bandas criminales, ni tampoco, el incremento actual de la prostitución infantil. A esto se agrega la perturbación de sus vidas al ser utilizados para el tráfico de drogas.
Tras este cuadro, de agudas dificultades y frustraciones, el impacto destructivo de una sociedad vulnerable, se impone encontrar salida urgente a través de políticas públicas concretas.
Por esta situación intolerable, es momento de reaccionar.
