Opinión

Precisamente

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Sabiduría  e ignorancia

A partir de un título más que llamativo, paradójico, el autor de esta columna propone, mediante este trabajo, una opción para superar algunas barreras de las que nuestros políticos nos regalan a diario, en vista de que por ellos, el oído se nos está atrofiando, y con él la capacidad para leer, escribir, decidir y actuar.

¿A quién recurrimos cuando necesitamos  consejo? No a esos políticos superprácticos, duros, que nos pueden decir  lo que debemos hacer, sino a quienes nos escuchan,  a gente menos mandona, manipuladora o enjuiciadora.

Y podríamos respetar a estas personas, porque al volcar toda la problemática socio-política, económica y moral, frente a ellas empezamos a aprender a resolverla por nosotros mismos.

Cuando se escucha, se produce una corriente alterna y  nos recarga.  Escuchar nos recrea. Hay políticos brillantes que son incapaces de escuchar, no tienen cables alimentadores, son entretenidos; pero también nos agotan. Aquél que sabe que el silencio no depende del  ambiente, hace de él un modo de vida. En nuestro ámbito político, desde hace tiempo el hábito del silencio está devaluado, prácticamente desconocido.

La necesidad humana, no sólo de comunicarse sino de proyectarse a cualquier costo, por medio  de la palabra y a veces del exhibicionismo, dificulta el logro del silencio.

Si siguiéramos el principio de que “los que saben no hablan; los que hablan no saben”, aunque la  idea no significa callar completamente, nos gustaría compartir su saber con otros, por lo menos, cada vez que decimos no sé, lo conocido se vuelve extraordinario. Y aquí está clara la instrucción, el estudio de lo que representa “la sabiduría de la ignorancia”. Es un fenómeno del proceso individual de despertar que se produce en todo ser humano.

El poder de la sabiduría es despertarnos a la experiencia directa de las cosas como son. Todos tenemos rótulos conceptuales fijos en un mundo lleno de cambios, los cuales causan  ruptura entre  concepto y  realidad, y esto ocasiona tensión.

Para unos pocos, la sabiduría de la ignorancia es un sacramento. El reconocimiento de la ignorancia, es aceptar que carecemos de la completa comprensión de cualquier cosa. Es un acto sagrado, que toma la experiencia ordinaria y la transforma en  puerta hacia la posibilidad infinita. No es  simple hipótesis intelectual, eso sería fatal. Es una orientación hacia lo trascendente, hacia Dios. Es un profundo cambio de la atención propia.

Confesar ignorancia no es lo mismo que actuar ignorantemente. El sabio siempre tiene “la gran capacidad de la ignorancia”. Esta misma expresión debe significar una ley que podemos confirmar por nosotros mismos: cada vez que recordemos la ignorancia inherente en cada interpretación de la realidad, basada en el contenido particular y egocéntrico de nuestra conciencia, accedemos a una más alta dimensión de vivencias que nos une a la vida y a los otros.

cesarpichardo@hotmail.com              

El Nacional

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