CÉSAR PICHARDO
A esta vida contemporánea se le cuestiona su calidad.
¿Qué hay en su superficie y en su profundidad?
En estos días en que la situación de nuestro país se torna cada vez más desesperante desde cualquier ángulo que se mire, y la desconfianza se apodera de nosotros, conviene una revisión profunda de nuestras economías, y el urgente uso del equilibrio interno.
Ahora, más que otra cosa, conviene saber que el desarrollo del espíritu humano tiene múltiples manifestaciones. Todo depende del estado mental del individuo, porque muchas metas se han desintegrado antes de intentar lograrlas, cuando no tenemos capacidad de reflexionar, en el mundo que nos rodea y en nuestro universo interior.
Casi todo el mundo, como estilo de vida, utiliza sus propias percepciones, sentimientos y pensamientos.
Así, todos nos limitamos. Sin darnos cuenta, nos separamos de los demás. La gente sólo se beneficia de una porción de lo que tiene disponible.
Hay que considerar lo que se puede obtener al escuchar con atención lo que tienen las otras personas para ofrecernos. Por más encumbrado que usted se encuentre, relájese, serénese, controle sus emociones y respete a los otros.
Hablar inadecuadamente, genera respuestas indeseables.
La eficacia de nuestras vidas se apoya en el dominio emocional; implica, edificar un lazo efectivo de comprensión mutua en cualquier rol de la existencia.
Y este es el mejor momento. Justo ahora, precisamos establecer ese vínculo.
El tiempo y la energía que se pone en los seres humanos de nuestro entorno, mediante la comunicación cálida, vuelve a manera de retroalimentación multiplicada. En consecuencia, preserva y mejora la relación con nuestros semejantes.
Todos aspiramos a que nos estimen, valoren, amen, respeten.
Situarse en la mente de otra persona, con sutileza, tacto, delicadeza e inteligencia, permite entender mejor las reacciones, criterios e inquietudes de los otros, y abre el camino de la comprensión.
Es cuestión de participación. Hagámoslo ahora.
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