Opinión

Precisamente

Precisamente

CÉSAR PICHARDO
Casi nadie puede escapar del frenesí de los grandes mercados internacionales, ni de la vorágine de los megaproyectos industriales y urbanos, sin resentir su salud mental o su calidad de vida.

La pérdida de los valores esenciales del ser humano resulta cada vez más evidente. Vamos hacia una carrera desesperada de competencia que exalta y coloca como valores superiores el «individualismo egocéntrico», el culto a la «fachada», lo que representamos, no lo que somos.

El afán de la desgraciada y contaminante competencia produce el aroma que marea, seduce y envuelve a la gente, que se deja contagiar, convirtiéndola en «supergólatra», incapaz de visualizar más allá de sus propias narices… La sociedad se encuentra atrapada por un consumismo descontrolado. Y, es esa fiebre de tener cosas que genera tanta violencia.

Este virus de vanidad extrema, afecta tanto a hombres como mujeres.

Algunos rasgos característicos del denominado «virus de vanidad», se expresan mediante un excesivo auto-amor y detrás de esa fascinación, con la propia persona, hay un ego lleno de dudas e inseguridad, un autoestima realmente débil y frágil que requiere la constante estimulación para poder vivir. Las personas que así actúan, tienen una gran necesidad de que les confirmen su autoestima de manera permanente. Precisan ser amadas y admiradas. Requieren continuamente que todo el mundo les «infle el ego».

El individualismo egocéntrico, agudo, en las personas, es una enfermedad que crea un desorden psíquico, que muchas veces impide dar amor a los demás: su mayor interés consiste en la centralización del propio yo. Sólo se aman a sí mismas… Ese individualismo, también se manifiesta a través de la persona que trata de aparentar: no de ser incapaz de formar vínculos estables; sólo crea lazos transitorios con los demás, mientras éstos sirvan a sus propósitos. Su exterior parece gigantesco, importante, extraordinario, se cree el último vaso de agua en el desierto; por dentro es sólo un enanito digno de compasión.

Es nuestra sociedad de consumo neoliberal, egoísta y yoísta, que fomenta la personalidad narcisista en desmedro de la personalidad solidaria, amorosa, abierta a la empatía con el resto del género humano. El pronombre «yo» es habitual en su conversación, el yo se transforma en el centro de todo, piensan que se las «saben todas», su expresión sólo es el yo, yo y yo. Reflejan prepotencia y carencia de humildad para reconocer errores y aprender de las caídas; cuando ascienden a cargos de poder ¡ay de los pobres parientes y amigos que permanecen, abajo, mezclados con la multitud!’

No obstante, un comportamiento positivo hacia nosotros mismos. Es normal y nos confiere seguridad y cierta dosis de admiración por parte de los otros.

Así, la auto-preocupación por superamos es el elemento vital de cualquier individuo saludable. Pero sin olvidar que debemos situarnos siempre en el lugar de los otros.

cesarpichardo1@hotmail.com

El Nacional

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