El Fondo Monetario Internacional (FMI) parece decidido a seguir apostando al retorno de su ortodoxia contractiva o de shock en medio de señales inequívocas de una fase recesiva en la Eurozona y su inminente impacto desempeño monetario-financiero de la economía mundial.
Peter Doyle fue economista del Consejo Ejecutivo del FMI. Acaba de presentar su dimisión manifestando su desacuerdo con el manejo doctrinario y práctico de la crisis económica mundial. Dijo sentirse avergonzado por la gestión que ha ejecutado el organismo crediticio multilateral para enfrentar los problemas monetario-financieros de la Europa Unida (EU).
Diez años atrás Joseph Stiglitz, economista norteamericano que recibió el Premio Nobel de Economía (2001), mostró su desacuerdo con las políticas de ajuste aplicadas por el FMI acusando al mencionado organismo crediticio de no tomar en cuenta el costo social y político que representan los drásticos programas de reducción del gasto público y de rígida austeridad fiscal en los países deudores.
Cuando la credibilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI) pasaba por uno de sus peores momentos desde su constitución en la histórica Conferencia de Bretton Woods (1944), sobrevino la Gran Recesión (2008-2009) y con ella el renacer del citado organismo crediticio multilateral.
En efecto, se recordará que durante los inicios de la primera década del siglo 21 el FMI se encontraba sumergido en una profunda crisis financiera que dificultaba su funcionamiento interno y el pago de los sueldos a la amplia nómina burocrática, a la vez que pocos países deudores mostraban interés en tocar sus puertas. La institución se debatía entonces en medio de un debate de supervivencia y se encontraba al borde del colapso.
El sacudimiento telúrico que en el verano del 2007 afectó al territorio financiero norteamericano se propagó en un abrir y cerrar de ojos por todo el globo terráqueo sumiendo a la economía mundial en una crisis productiva, comercial y financiera como nunca antes se había visto desde los años de la Gran Depresión (1929).
Fue entonces cuando las potencias económicas integrantes del aristocrático Grupo de los Veinte (G-20) decidieron oxigenar al FMI triplicando los recursos financieros disponibles en las arcas del organismo mediante la inyección de unos 750 mil millones de dólares bajo la forma de aportes directos, venta de una parte de sus reservas en oro y también mediante la emisión de títulos o bonos.
Durante la Gran Recesión el FMI introdujo cambios coyunturales en sus tradicionales recetas de ajuste económico, caracterizadas todas por la contracción del gasto público, el recorte a los gastos sociales, la automarginación del Estado en las regulaciones financieras y el culto al déficit cero.
A finales del 2009 y durante el 2010 el FMI acompañó a los países subdesarrollados en el acceso a nuevos préstamos sin aplicar las rigurosas condicionantes ortodoxas contenidas en los cuestionados acuerdos Stand-By, que representan su línea de crédito tradicional. Pero tras registrarse una ligera recuperación de la economía mundial durante el 2010, el FMI retomó sus exigencias contractivas.
Pero eso de apostar a rígida austeridad fiscal y a la brusca contracción del gasto público medio del advenimiento de una nueva fase recesiva dentro de la economía europea es un crimen social y político contra los gobiernos y las sociedades de los países deudores.

