Opinión

Presencia económica

Presencia económica

¿Será cierto que la ciencia económica es una disciplina muy difícil? Sin lugar a duda su carácter social hace de este manantial del conocimiento científico un complejo receptáculo de preguntas sin respuestas objetivas.

 

Robert B.  Carson, investigador científico norteamericano, sostiene que si los economistas no están muy dispuestos a admitir la incertidumbre en esta disciplina, durante años ha existido una creciente sensación de ansiedad entre los practicantes de la llamada “ciencia lúgubre”, al decir del pensador británico Thomas Carlyle (1795-1881).

 

 Dos siglos después, los economistas contemporáneos siguen enfrentados a decisiones funestas: ¿más gasto público o estimular el ahorro interno? ¿contener la inflación o alimentar la demanda interna?

 

 Economistas que rinden culto a los modelos econométricos y el predominio de los enfoques matemáticos llegan al convencimiento fanático de que sus métodos son superiores y más rigurosos que los de las otras ciencias sociales.

Esos investigadores económicos son tan soberbios que llegan a menospreciar   cualquier investigación cuyas conclusiones no se basen en el análisis cuantitativo de una masiva cantidad de datos, calificándola como «literatura» o, aún peor, como «periodismo».

 

 Lo dicho precedentemente adquiere aplicación a la hora de evaluar el pensamiento económico neoclásico o neoliberal. Durante la última década del pasado siglo los postulados doctrinarios neoliberales alimentaron el pensamiento de aquellos profesionales de la economía que juraron defender a capa y espada al “sacrosanto” mercado.

 

 Decidieron bañarse en las aguas del fundamentalismo neoclásico que cuestionaba toda participación del Estado en las determinaciones económicas.

 

Bloquearon su intelecto para no asimilar propuestas económicas alternativas que tomasen en cuenta las características de cada país.

 

 Esos doctos economistas abanderados del  enfoque neoliberal  estaban muy de moda, y poseían un  discurso rico en manejo acomodado de cifras e imágenes que sembraban dudas en los hacedores de políticas económicas.

 

En efecto, esos benditos economistas se colocaban en la cúspide del monte Olimpo  (morada sagrada de los dioses  griegos) para pontificar sobre la certidumbre de sus análisis y pronósticos monetarios, financieros, fiscales, comerciales y productivos.

 

 Los economistas que exaltaban la omnipresencia de “la mano invisible” en las determinaciones de los precios internos se colocaban por encima del simple mortal. Se consideraban infalibles, es decir, que nunca se equivocaban. Y ¡ay! de aquel infeliz  economista o político que no se llevara de sus científicos y elaborados consejos.

 

 Pero detrás de la opinión de un economista siempre está subyacente –aunque pretenda cobijarse bajo una apariencia técnica- la identificación con determinados intereses económico-políticos que se expresan a través de planteamientos ideológicos.

El Nacional

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