Mucha razón tenía el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) cuando en 1937 afirmó: La expansión, no la recesión, es el momento idóneo para la austeridad fiscal.
El comportamiento de una economía registra vaivenes, movimientos oscilatorios, eso que se conoce como ciclos donde se gestan fases de crecimiento, estancamiento, recesión y recuperación. De ahí que las políticas monetaria y fiscal a ejecutar en cada coyuntura deben concebirse en función de las características concreta de la economía interna, sin obviar el impacto de los fenómenos internacionales.
Pero es obvio que en época de relativa estabilidad macroeconómica conviene actuar con prudencia en el manejo del gasto público, pero nunca jamás frenarlo abruptamente para dar paso a la denominada sostenibilidad fiscal, que en la práctica persigue colocar a las economías deudoras en condiciones de pagar sus obligaciones externas sin importar el costo social y político de semejante rigidez.
Veamos el caso de la política fiscal restrictiva puesta en práctica en la Unión Europea (UE) tras el elevado endeudamiento público alcanzado durante la Gran Recesión (2008-2009). Las medidas de austeridad fiscal no han hecho más que profundizar la crisis monetario-financiera incrementando el desempleo, frenando la demanda interna y colocando al esquema de integración económica europeo en la antesala de una nueva recesión en medio de graves conflictos sociales y políticos.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y otros organismos crediticios multilaterales, así como la Comisión Europea y el Banco Central Europeo avalaron la política del estímulo fiscal en medio de la crisis recesiva, dejando atrás el culto a la contracción financiera que primó durante décadas. Se pensaba que la ortodoxia del frenazo al gasto público y las exigentes condicionalidades para acceder a los préstamos otorgados por las citadas entidades financieras.
La recuperación de la economía mundial tras los efectos devastadores de la crisis se debió en gran medida al estímulo fiscal o a la ampliación del gasto público tanto en Estados Unidos como en los emergentes, en especial China, India y Malasia y Brasil, contribuyendo de esa manera al movimiento de la economía real y la demanda interna.
Pero ya para el 2011 reapareció la receta contractiva, basada en los temores a la inflación y al déficit fiscal. La austeridad fiscal, que implica una reducción del gasto gubernamental, ha reemplazado rápidamente al estímulo fiscal como el paradigma vigente. La incertidumbre se ha enseñoreado en la economía mundial, especialmente en los países integrantes de la UE.
Los economistas Joseph Stiglitz y Paul Krugman han criticado las medidas de austeridad aplicadas por gobiernos de países desarrollados, calificándolas de políticas erróneas en medio de un escenario de lenta recuperación económica y alto desempleo. Claro, para los apologistas del liberalismo nuevo nada resulta tan nocivo a la superación del freno al crecimiento económico como la presencia activa del Estado en las determinaciones productivas, comerciales y financieras. Lo cierto es que durante la adopción de una rígida austeridad fiscal que produzca recortes desproporcionados en el gasto público podría el camino más corto para frenar la marcha de la recuperación económica, constituyendo una ruta hacia incertidumbre productiva, comercial y financiera.

