Los postulados doctrinarios neoliberales alimentaron el pensamiento de aquellos profesionales de la economía que juraron defender a capa y espada ciertas reformas estructurales.
Los doctos economistas abanderados del enfoque neoliberal estaban muy de moda, y poseían un discurso rico en manejo acomodado de cifras e imágenes que sembraban dudas en los hacedores de políticas económicas.
En efecto, esos benditos economistas se colocaban en la cúspide del monte Olimpo (morada sagrada de los dioses griegos) para pontificar sobre la certidumbre de sus análisis y pronósticos monetarios, financieros, fiscales, comerciales y productivos.
Exaltaban la omnipresencia de la mano invisible en la fijación de los precios internos y se colocaban por encima del simple mortal.
Se consideraban infalibles, es decir, que nunca se equivocaban. Y ¡ay! de aquél infeliz economista o político que no se llevara de sus científicos y elaborados consejos.
Pero lo cierto es que detrás de la opinión de un economista siempre está subyacente aunque pretenda cobijarse bajo una apariencia técnica- la identificación con determinados intereses económico-políticos que se expresan a través de planteamientos ideológicos.
Y es que al decir de la doctrina filosófica que guió los postulados del liberalismo económico sustentado por el inglés Adam Smith (1723-1790) la llamada «mano invisible» del mercado hace que todos los individuos cooperen mutuamente para realizar el bienestar común sin coerciones de ninguna especie
Ellos apuestan al achicamiento y automarginación del Estado en todo lo que implique regulación efectiva sobre los actores económicos privados, pues sostienen que las acciones del gobierno no hacen más que controlar y afectar a la individualidad.
Semejantes argumentos han sido puestos en cuestionamiento ante la realidad de los hechos que se han desatado en la economía mundial tras el estallido de una profunda e intensa crisis financiera que se inició por la economía estadounidense.
Los que ayer criticaban toda participación del Estado en la regulación económica hoy resultan ser los primeros en correr presurosos para tocar la puerta del gobierno para que acuda en auxilio de las instituciones financieras y de producción que resistían el embate de las turbulencias.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), una institución libre de toda sospecha desestabilizadora del actual orden económico internacional, reconoce como correcta la intervención del Estado en tiempo de crisis económica. Pero hay que ir más lejos: lo correcto sería concebir políticas públicas donde se conjuguen Estado con mercado.
Por eso, en estos tiempos de crisis económica mundial se hace necesario un discurso que auspicie la adopción de políticas públicas donde la iniciativa del mercado se conjugue con la acción efectiva del Estado en la búsqueda de soluciones que propendan al mejoramiento de la calidad de vida de la población.

