¿Economía militar?
La economía militar devora recursos financieros necesarios para la producción de
bienes y servicios destinado al consumo humano.
Como huellas imborrables han quedado en nuestra mente las enseñanzas de Paul Anthony Samuelson, economista norteamericano recién fallecido y Premio Nobel de economía (1970), en torno al dilema que podría enfrentar una sociedad al tener que decidir entre la producción de cañones (economía militar) o de mantequilla (economía civil).
Durante los años setenta se acentuaron los conflictos bélicos en diversas regiones del globo terráqueo, al tiempo que la Guerra Fría estimulaba el incremento en los gastos de defensa tanto en Estados Unidos y Europa Occidental como en la Unión Soviética y los demás países de Europa oriental.
Para ese entonces el llamado Complejo Militar-Industrial, así bautizado por el mandatario estadounidense Dwight D. Eisenhower al momento de pronunciar su último discurso oficial (1961) para dar paso a la naciente Administración Kennedy, estaba lavando oro, como se dice en el lenguaje popular.
Una red de poderosas empresas fabricantes de armas de todo tipo y de aprovisionamiento bélico está acumulando grandes beneficios, en estrecha conexión con funcionarios del Departamento de Defensa, miembros del Congreso, universidades e institutos de investigación.
Durante los últimos cuarenta años Washington ha mantenido alrededor de 1,2 millones de soldados estacionados en unos 30 países, contando con unas 2 mil 200 bases militares, de las cuales unas 340 (clasificadas como grandes) se establecieron en Alemania Federal, Corea del Sur, Japón y la región latinoamericana.
Los gastos militares norteamericanos están proyectados para el presupuesto 2010 en 630 mil millones de dólares, cantidad astronómica sobre todo si se compara con un presupuesto global para todo el país programado en 3,5 billones de dólares.
La Administración Obama está recurriendo al expediente de la economía militar para impulsar la recuperación de la economía estadounidense. El costo financiero que implica incrementar la partida presupuestal destinada a los gastos militares recaerá sobre la mayoría de la población, al tiempo que podría frenar la reactivación de la economía real.
Algunos congresistas norteamericanos sostienen que el presupuesto aprobado conducirá a Estados Unidos «por un derrotero fiscal insostenible», además de hipotecar la suerte financiera de las futuras generaciones debido a que producirá «un nivel de deuda sin precedente».
Existe una estrecha relación entre la política exterior de la Administración Obama, cimentada en el reforzamiento militar de las ocupaciones territoriales de Irak y Afganistán, y los intereses creados que giran en torno del CMI.
Las armas no se comen, sino que destruyen riquezas y vidas humanas. La economía militar no debería situarse por encima de la economía civil.

