Todos los parabienes van dirigidos hoy, Día de los Padres, al buen hombre que ha ejercido una paternidad responsable y que forjó como el acero el temple de sus hijos, quienes henchidos de gratitud y orgullo colman a lo colman de abrazos, besos y expresiones de amor y gratitud. En la sociedad de hoy aguijoneada por la acelerada degradación social, el rol del padre ante sus hijos es tarea ciclópea, pues debe batallar de manera desigual frente a un medio ambiente que constantemente bombardea antivalores con el propósito de debilitar las tradiciones familiares y crear insalvables barreras éticas morales entre padres e hijos. He ahí el valor de un buen padre, aquel que cada día se inserta en un medio hostil y excluyente a procurar pan, techo, salud, educación y seguridad para sus hijos. Duele decirlo, pero el progenitor irresponsable que ha dimitido de la responsabilidad de abrigar a sus hijos, no está invitado a la sacrosanta fiesta de hoy, cuando el buen hijo tiene el inmenso honor de besar la surcada mejillas de su viejo o de depositar una flor ante la tumba de ese padre ejemplar, sin hacer caso a las fanfarrias del mercantilismo, dichosos aquellos hijos que hoy abrazan a sus padres y dichoso aquel que puede proclamar a los cuatro vientos es un buen tipo mi padre.

