La crisis de la deuda soberana en la Eurozona es de tal magnitud, que sus devastadores efectos amenazan con llevarse por delante la reelección del presidente de Estados Unidos, Barack Obama. En efecto, el mandatario ha reclamado del liderazgo europeo la aplicación de urgentes medidas de estímulo para las economías en aprietos, en especial para España. Obama ha puesto el grito al cielo convencido de que sin el retorno a la estabilidad en la Eurozona no sería posible la recuperación de la economía estadounidense y, por tanto, sus aspiraciones a seguir en la Casa Blanca se esfumarían. Los quejidos de Obama no parecen escucharse en Berlín ni en Ginebra, donde el Gobierno alemán y la Unión Europea presionan a Madrid para que acepte someterse a un rescate financiero condicionado a una mayor restricción económica. Tampoco ha servido de mucho el pedido del nuevo presidente de Francia, el socialista Francois Hollande, para que Alemania retire por un momento el pie que mantiene sobre el cuello de las economías de España, Grecia, Portugal, Italia e Irlanda. Obama pide inversión en crecimiento y empleo a corto plazo, pero la alemana Ángela Merkel cree en la teoría de enseñar al burro a no comer, aunque se muera de hambre. Esta vez, la crisis cruzará el Atlántico en reversa.

