Explota
Doña Zoila Martínez, cuya designación como Defensora del Pueblo todavía no es asimilada por algunos sectores, ha estallado, con amenaza de renuncia y todo, por las precariedades con que realiza sus funciones. Durante los meses que lleva en el cargo no se ha sentido y para colmo se queja de que el Gobierno la ha soltado en banda al no proporcionarle un medio de transporte ni recursos para combustibles.
Atada de pies y manos, alega que se encuentra enferma del espíritu, que ha rebajado no sabe cuántas libras y que tiene un desgaste físico por la cantidad de casos de que ha sido apoderada. Por más entusiasmo con que asumiera la Defensoría, de las dificultades que aduce no todas tienen que ver con recursos, aunque pueden confirmar que la estructura que dirige es meramente decorativa.
Puede que en su desesperación por contar con comodidades mínimas para realizar su trabajo de servir a la ciudadanía también le haya faltado un poco de creatividad. Vigilar los actos de la administración pública y velar por los derechos de los ciudadanos requiere, más que recursos, aunque sean necesarios, de voluntad.
