Atentado frustrado
Después del atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono, hace ocho años, la población estadounidense no ha podido dormir jamás sin el temor de que se perpetre otro acto de terror de igual o mayor magnitud. Tales niveles de incertidumbre se acentúan con el intento de explotar un avión repleto de pasajeros que aterrizó en el aeropuerto de Detroit. Un nigeriano, de 23 años, que figuraba entre los 278 pasajeros, fue sometido a control antes de que pudiera explosionar una sustancia que manipulaba y que le produjo quemaduras de tercer grado. La Casa Blanca ha culpado al grupo islámico Al Qaeda, mientras que se ha ordenado redoblar las medidas de seguridad en todo el territorio de Estados Unidos. No hay forma de explicar cómo el joven nigeriano, Abdul Mudallah, logró burlar los controles de seguridad en el aeropuerto de Holanda, desde donde despegó el vuelo de Delta Airlines. El individuo habría admitido su conexión con Al Qaeda y confesado que adquirió el explosivo en Yemen. Porque no pudo detonar el sofisticado artefacto, se frustró lo que habría sido otra historia de terror.

