Si la República Dominicana no fuera la caricatura de país que es hoy, el 6 de agosto de cada año por venir, se celebrara por lo alto El día del olimpismo dominicano en reconocimiento a la homérica acción de los compatriotas Félix Sánchez y Lugelín Santos. Esa tarde decretada por el tiempo inexorable del meridiano de Greenwich, debe ser recordada por siempre.
Las sendas hazañas logradas por Félix y Lugelín en las categorías de 400 metros con vallas y 400 metros planos para alcanzar preseas de oro y plata, respectivamente, es un legado de importancia inspirativa inconmensurable; por cuanto es un ineludible deber nuestro que las generaciones venideras conozcan el valor de ser competitivos de corazón.
¡Hay que creer en algo! Así exclama mi madre Georgina, cuando la falta de fe hace de toda posibilidad un imposible, como en la situación actual, y, en cambio, el orgullo patrio con el amparo de la voluntad de Dios, realiza lo que fuera una ilusión aparentemente inalcanzable. Si el obstáculo era la edad quedó demostrado con creses que contra lo que tiene que ser, no hay alternativa.
Luego de sufrir Félix la traición moral de sus paisanos que, recomendándole el retiro, querían enterrarlo vivo, y Luguelín el poco apoyo económico del gobierno que lo llevó a practicar descalzo y hambriento, razones sobraban para claudicar. Sin embargo, los velocistas, inspirados por un necesitado patriotismo, batallaron contra toda traba hasta lograr la grandiosa proeza.
Gracias a estos dos atletas, el 6 de agosto nos regocijamos sin importar doctrina ni credo. El festejo unificador me recordó a la novela Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, donde Vicente Blasco Ibáñez recrea la tensión vivida en víspera de la Primera Guerra Mundial y dice por medio de don Marcelo Desnoyer: Para hacer comprender ideales políticos y religiosos son indispensables explicaciones y demostraciones: el sentimiento de la patria no necesita nada de eso. La patria es la patria.

