Las protestas que han sacudido al Medio Oriente a lo largo de una semana a raíz de un video realizado por un ciudadano estadounidense y colgado en YouPTube, implica un violento despertar del sueño creado por la llamada Primavera Árabe. Ha sido en los países de esa Primavera donde hoy las protestas han degenerado en más violentas. Puede que no sea suficiente la instauración de democracias y lazos amistosos entre Occidente y los países musulmanes como para lograr que el antagonismo entre ambas culturas quede finalmente en el pasado.
No es la primera vez que una crítica al Islam realizada por algún ciudadano en un país de Occidente genera este tipo de eventos. La gravedad de la situación actual es que la misma ya ha costado la vida de un embajador estadounidense, la primera pérdida de vida violenta de un representante activo de nuestro vecino del norte desde la toma de rehenes en Irán en 1979.
El gobierno de los Estados Unidos ha mostrado ser notoriamente cauto en el manejo de la actual situación y evitar una escalada del conflicto, en momentos que su mayor preocupación gira en torno al estado de su economía. Lamentablemente, los grupos más moderados de musulmanes, que son la notoria mayoría, han vuelto a estar inexplicablemente silentes ante la actual situación.
El presente conflicto enfrenta a pilares importantes de ambas culturas, por un lado la libertad de expresión y por el otro el respeto hacia una figura religiosa. La libertad de expresión es el derecho más relevante sobre el cual descansan las democracias occidentales, y aun existiendo obstáculos a ella especialmente en Latinoamérica, la tendencia cultural es y seguirá siendo a buscar su fortalecimiento.
Los gobiernos democráticos no pueden y no deben obstruir el ejercicio de la libertad de expresión para evitar molestias a grupos particulares. Es en ese tono que los reclamos de las protestas del Medio Oriente para que Estados Unidos castigue a los autores del video, carecen de sentido.
Por el momento, el gobierno de los Estados Unidos ha actuado correctamente con el propósito de evitar un sentimiento de retaliación de sus ciudadanos por la muerte del embajador Stevens, en forma similar a lo ocurrido en los meses siguientes al atentado terrorista del 11 de septiembre del 2001, y al mismo tiempo ha urgido a los gobiernos de los países donde están ocurriendo las protestas a fortalecer la seguridad alrededor de sus misiones diplomáticas.
El ataque a embajadas y los asesinatos de representantes diplomáticos de otros países son temas extremadamente delicados con desenlaces potencialmente peligrosos. No hay mucho que desde su posición pueda hacer Estados Unidos para apaciguar la furia de las turbas en el Medio Oriente, por lo que queda de sus líderes y los moderados llamar a la cordura para evitar consecuencias potencialmente devastadoras para sus países y sus incipientes regímenes políticos.

