Llegué a Chile muy angustiada, no por la elección de Bolsonaro, sino porque esa elección pudo ser la de cualquiera a quien la maquinaria sistémica y su aparato mediático (TV Globo, Netflix) hubiera decidido elegir en lugar de Lula, y ese sentimiento de impotencia del pensamiento crítico frente al poder, me deprimió.
Chile fue una brisa de aire fresco, por la inmensa solidaridad de Miguel De Mena, y la extrema gentileza de Rubén Silié y María Filomena, quienes arroparon con su ternura los corazones siempre huérfanos (y éramos tres huérfanos literales: Frank Báez, Minerva del Risco y yo) de los poetas.
De Chile a Puerto Rico, a poner a circular Julia de Burgos en Santo Domingo, el cual recoge las únicas dos entrevistas que en el 1990 me concedieron Juan Bosch y Juan Isidro Jiménes Grullon sobre una mujer que no dudo en comprometer su palabra en la lucha de lo mejor del país contra la dictadura de Trujillo. Ese solo hecho la hace tan más nuestra que muchos dominicanos de ayer y hoy.
Providencialmente, el libro fue una respuesta a los esfuerzos del nieto del Trujillo por recabar fondos en Puerto Rico, vía una cena a cien dólares el cubierto, boicoteada por la puertorriqueñidad progresista que aún se horroriza con la criminalidad de una dictadura que ese pichón de Trujillo hoy intenta presentar como ideología salvadora.
Me conmovió la asistencia, tanto en San Juan, en Casa Norberto: (un centenar de personas), como en la librería El Candil de Ponce, y me preocupo porque era gente de mi generación, la que aún recuerda y es la reserva moral, de una nación donde la juventud emigra en masa, por el asalto a las Humanidades, tanto como profesión, como en las universidades, mientras a Puerto Rico lo convierten en un Hawái del Caribe, paraíso para norteamericanos en retiro que hoy están comprando el Viejo San Juan y toda la isla.
De ese proceso de sustitución de poblaciones (han emigrado más puertorriqueños en este periodo que en los cincuenta), hablare en otro artículo, mientras, insisto en lo que vengo repitiendo: en las manos de nuestra generación esta lo poco o mucho que queda de país, y en particular, en las manos de las mujeres de nuestra edad, guardianas espirituales de sus familias (hijos, nietos y biznietos) hoy en dispersión moral y geográfica, y de esa gran familia que es la Nación.
Las mujeres de la tercera edad, sin embarazos, pluriempleo, preocupaciones maritales, somos la gran reserva política de la Republica, espejo de lo que acontece en el país y, el martillo con que lo podemos de romper si no fueran tan miopes y tercos los políticos alternativos.

