No importa quien las auspicie o las estimule, lo que debe determinarse es si son justas, si hay motivos atendibles para las huelgas que, paso a paso, se van extendiendo por todo el país.
Porque, hasta lo que explican sus organizadores, son mayormente para que se les preste atención a necesidades perentorias de las comunidades en donde se realizan.
Así tenemos numerosas peticiones de arreglos de carreteras y calles, requerimientos de agua potable, un alumbrado aquí o allá y cosas por el estilo.
Contrario a las demandas de los médicos que por demás son justas- para nadie se pide mejores sueldos o algo parecido.
El asunto es que el movimiento actual comenzó en barrios de algunos pueblos, pasó luego a Navarrete y Licey y ya ayer estaba en Salcedo y Bonao, con acentuado respaldo de la población.
Todo esto sin olvidar la paralización relámpago de cinco ciudades del Este, región en donde se prepara otra de duración indefinida.
Está claro que se trata de una escalada que nadie sabe hasta qué punto podría llegar si el Gobierno la ve como una acción de muchachos malcriados y, lejos de prestarle atención, tira a la calle policías y guardias como respuesta.
A menudo esos reclamos son desatendidos con el pretexto de que no hay dinero suficiente, lo mismo que a los médicos, y necesariamente habría que preguntar en qué carajo es que el Gobierno gasta el dinero, sobre todo en estos tiempos que no son de campaña.
Mientras tanto, preocupa que en la huelga de Salcedo se escucharan detonaciones de armas de fuego de grueso calibre y la Policía de esa ciudad teme que se esté organizando una guerrilla urbana o algo parecido, porque también hubo de las llamadas de fabricación casera.
Acepto el que uno u otro de los huelguistas tenga en su poder un arma de grueso calibre obtenida quién sabe cómo, pero siempre de manera ilegal.
De esto se habla desde hace más de un año, cuando una huelga en Navarrete, ocasión en que por primera vez surgieron los temores verdaderos o supuestos- de una guerrilla urbana.
Sin embargo, todo se aplacó y sospecho que aquellas armas de Navarrete son las mismas que estallaron ahora en la madrugada salcedense y que nadie está pensando seriamente en guerrilla urbana o algo similar.
¿Con cuál propósito y con qué respaldo de cierta importancia podría estar pensando una persona en sano juicio en una guerrilla urbana? ¿Sólo para matar policías y guardias y correr el riesgo de que también mueran quienes auspicien esa locura?
Descarto en absoluto esa posibilidad y sospecho que manifestarla públicamente es sólo una manera de pretender amedrentar al de enfrente. Los tiempos no son para locuras y las guerrillas urbanas son apenas un recuerdo de un sueño irrealizado que se fue con los tupamaros.
El problema, igual en casi todos los lugares en donde ha surgido, hay que verlo con plena seriedad, sin tratar de asustar a nadie y entendiendo que se presenta con su solución, como todos.
Entonces, no juguemos a la candelita.
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