Sospecho que todo hubiera transcurrido sin ningún escándalo, si a Elvis Crespo no se le cae la frazada que le cubría la parte estratégica del pantalón-y su contenido- cuando el jueves 19 se masturbaba en un avión en vuelo, al lado de una señora de 52 años de edad.
Pero la inoportuna frazada rodó hasta el suelo a lo mejor por la emoción destemplada del famoso merenguero boricua- y a la señora no le quedó otro recurso que pegar un grito y denunciar lo que veía.
Todas las posibilidades, sin embargo, indican que no era la primera vez que, en más de medio siglo de existencia, la señora veía lo que acababa de ver, pero nunca desde el asiento de un avión de pasajeros. Creo yo.
Hasta ayer, el único comentario de Crespo sobre el asunto era lacónico e inexplicable: No recuerdo haber hecho eso.
Si es así, debía tratar de refrescar la mente, porque dicen abogados que corre el riesgo de ser enviado a la cárcel para pasar allí dos años.
Puede ser que alegue olvido, para suavizar la pena y presentarse como víctima de una borrachera o algo peor. Me parece que esto podría servirle de atenuante.
Como si fuera poco, Crespo tenía cuatro días de casado cuando cayó la frazada en el avión y con seguridad que la ocurrencia en nada le gustará a su flamante esposa, quien difícilmente tragará el cuento.
Sin tratar de justificar la acción de Crespo, alguien podría aducir que es una víctima de los tiempos, porque en cualquier parte usted ve sexo en pareja, en presencia de quien sea y con la mayor naturalidad del mundo.
Hace muy poco leí en Hoy un artículo de Rosario Espinal la hija de Flavio Darío y doña Nuris -en el que narra parte de un reciente viaje a México en cuya capital vio parejas acariciándose en pleno día a la vista de todos.
Las caricias eran de distintos calibres y en diferentes posiciones, según entendí, aunque en todas las circunstancias no se había producido despojo de ropas, al menos cuando Rosario las vio.
Creo que todavía en República Dominicana las cosas no han llegado a ese límite, si bien durante las noches ciertos sectores del Malecón capitaleño, y determinados lugares en la casi totalidad de pueblos y ciudades, no son precisamente para oraciones.
Están lejos los tiempos en que un paseo en el Malecón, sin interés especial aunque cogidos de manos, podía significar un viaje a un cuartel de Policía, porque por allí paseaba ocasionalmente una hermana del presidente Balaguer.
La libertad sexual permite más cosas de la que uno chapado a la antigua, como yo- pueda suponer, por lo que sospecho que Elvis Crespo no era la primera vez que cubría sus intimidades con una frazada para hacer sus travesuras mientras iba en un avión.
A lo mejor lo ha visto una de esas muchachas liberales que tanto abundan y se hizo la desentendida, o quién sabe si hasta cooperó.
Si tal es el caso, ahora pudo haberle fallado la percepción a Crespo, pues su compañera de asiento ya no está en eso y de ahí el espanto.
Porque ella lo que llevaba en las manos no era lo que él pudo suponer, sino una edición nuevecita de la Biblia.
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