El espectáculo bochornoso y repudiable protagonizado por grupos del Partido Revolucionario (PRD), el día de Duarte, más que confirmación de diferencias internas insalvables en esa organización es revelador de la crisis del sistema de partidos que amenaza la gobernabilidad democrática.
La situación intestina del PRD, que ocupa la atención política en primeros planos mediáticos, lejos de beneficiar su archirrival Partido de la Liberación (PLD), que tiene el control del Estado, es mal síntoma que obliga a reflexionar sobre lo que ocurre en la acera de enfrente.
Sectores de opinión anticiparon los hechos vergonzosos de los perredeístas como historia de desórdenes previstos y hasta se vislumbra que, por su carácter cíclico, el desenlace será similar a otras escisiones de las que surgen siglas o franquicias usadas para negociaciones proselitistas.
La población sensata, masa crítica y pensante de la sociedad, ahora más activa como clase media, está hastiada de estos espectáculos que en nada contribuyen a mejorar la gestión política y, por el contrario, desdicen del espíritu democrático y rol fundamental del principal opositor al gobierno.
Los sucesos alrededor del PRD, con incidencia de órganos estatales controlados por el poder político dominante, obligan a proyectar el porvenir inmediato de la partidocracia dominicana y mirar al PLD, inmerso en otro proceso interno, distinto al de su rival, para renovar cuadros dirigentes.
Los partidos mayoritarios hicieron del caudillismo, encarnado por Juan Bosch, José Francisco Peña Gómez y Joaquín Balaguer, su principal característica de control interno, pero la desaparición de estos grandes líderes sólo parece haber sido superada, con relevo generacional, por el PLD.
El retrato dominicano actual se asemeja a oleadas políticas en Latinoamérica de cuestionamiento al sistema partidista como intermediario para solucionar problemas que hoy es presa del descreimiento popular estimulante del surgimiento de fuerzas alternas o terceras vías, como el caso Venezuela.

