La existencia de una trama para atentar contra la vida del periodista Esteban Rosario es en extremo grave, su revelación no es sensacionalismo noticioso y comporta implicaciones peligrosas que desafían a las autoridades responsables de garantizar el ejercicio de la prensa.
La fuente informativa no fue la víctima potencial, indeseado protagonista convertido en blanco delincuencial, sino las propias autoridades que alertaron al comunicador.
Por las características del dilatado ejercicio profesional de Rosario y las informaciones que disponen organismos que tuvieron conocimiento inicial de la trama, no debe ser dificultoso arrojar luz sobre el intento macabro.
Rosario ha sido un crítico, desde el periodismo investigativo en el primer equipo especializado en los diarios Hoy y El Nacional hace más de 25 años, y en otros medios escritos, así como en la televisión de Santiago, su fuerte los últimos lustros.
Su afán por la investigación y la denuncia lo ha reflejado en alrededor de diez títulos de publicaciones que llaman la atención por los temas sobre corrupción pública y privada, y que descubren aspectos controversiales de los que él considera dueños del país.
La popularidad de su programa nocturno de televisión, orientado a la gran masa, con exposición descarnada de sucesos policiales y de crónica roja, además de sus graves denuncias de corrupción en el ámbito político, le ha convertido en una figura de controversias y que asume riesgos.
Se puede estar de acuerdo o no con la forma y el fondo del estilo de Rosario, lo hace con responsabilidad y profesionalidad, llega al límite de la ley y la prudencia bajo los riesgos del periodismo comprometido y de denuncia constante que se presta a distintas interpretaciones.
Rosario ha sido alertado y adoptó las previsiones adecuadas, sin embargo, las autoridades conocen el caso en detalles y deben actuar rápido para capturar los delincuentes sicarios y los que pusieron precio a la vida del periodista, porque también deben garantizar el ejercicio libre de la prensa.

