El Partido Revolucionario Dominicano transita tortuosos caminos conocidos en su historia cíclica de pugnacidad con vocación destructiva que acompaña su dinámica interna al extremo de fragmentar y desplazar el liderazgo cuando más se acerca a controlar el poder político hacia el 2012.
Los episodios posteriores a la convención evidencian que los perredeístas quieren desperdiciar el ejemplo cívico de participación y el mensaje que encierra tanto a organizadores como a quienes gobiernan. El pueblo quiso expresarse y encontró la brecha del PRD. No eran todos perredeístas quienes concurrieron (casi un millón) a votar el 6 de marzo. Lo hicieron con olimpismo digno de encomio y deseo de manifestarse no a favor de sino posiblemente como crítica, es decir, en contra de.
Los argumentos del perdedor, Miguel Vargas, antes de que la comisión organizadora de la convención emitiese los primeros cómputos oficiales, fueron la anticipación de la derrota, torpes para un político de su nivel que reacciona a destiempo. Su comportamiento a posteriori es aún peor y echa por la borda lo que le toca, aún derrotado, del éxito del proceso en su condición de aspirante y de presidente del PRD, y le deja mal parado en su rol futuro como cabeza de una organización con vocación de poder.
Episodios similares vividos por los perredeístas cuando se desangraban en lucha de tendencias, con figuras tirantes de Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, Jacobo Majluta y José Francisco Peña Gómez, son referentes divisionales excepcionales.
El liderazgo fragmentado y el carisma grupal interno de todos y cada uno de esos dirigentes no lo alcanza Miguel Vargas Maldonado hoy, con la salvedad que en aquellos tiempos el poder económico no era llave mágica, ni tampoco la gestión de negocios actual y el vulgar clientelismo.
Las características modernas del proselitismo vernáculo hacen pensar que, ahora, pese a falta de carisma del protagonista del potencial cisma, la preponderancia del mercantilismo convierta su aventura en ecuación ganar-ganar, a beneficio de perdedores internos y de opositores oficiales.

