Es aceptada por la opinión pública la expresión lapidaria que el pueblo ha perdido la capacidad de asombro ante tantos sucesos espeluznantes que ocurren en el país, frente a la evidente incapacidad sistémica oficial para contenerlos, prevenirlos y aplicar sanciones condignas y disuasivas.
Este creciente y peligroso deterioro moral se manifiesta en el incremento del raterismo, sofisticación de tipos delictivos, implicación de depositarios de autoridad en crímenes y creciente impunidad moral y legal en beneficio de antisociales que se multiplican día a día.
¿Qué está pasando? Hay un problema que requiere de estudio, diagnóstico y recomendaciones de vías de solución, para dar respuestas que mantengan el equilibrio social y el cumplimiento de roles de la familia y el Estado.
El temor, lleva a limitaciones de derechos fundamentales como los de tránsito, reunión y trabajo, expresados en el temprano refugio domiciliario nocturno, forzado autoencierro preventivo.
Las calles se han convertido en peligroso escenario de raterismo a cualquier hora, la vida nocturna advierte reducción y el escaso alumbrado estimula la comisión de crímenes y hay confusión por el modus operandi cuasi similar de autoridades y delincuentes.
Recientes sucesos confirman la imperceptibilidad de señales de alarma como la acción del carterista contra un alcalde en el funeral de su hija, muertes de mujeres por parejas o ex convivientes, hombre que envenena la hijastra a quien embarazó y robos de prendas a peatones y de accesorios a vehículos, a veces con el aderezo de drogas o narcotráfico.
Es el momento de examinar lo que cada ciudadano puede hacer para salvar la patria aguijoneada moralmente, de ahondar en causas, de reflexión sobre la educación doméstica y la responsabilidad familiar e individual.
El futuro de la nación se labra hoy, y no hay labor preventiva, porque todo se deja al gobierno y se ignora que urge de actitudes ciudadanas de compromiso y responsabilidades para salvar el país del deterioro moral.

