Hoy es 27 de febrero, aniversario del nacimiento de la República, cristalización del ideal separatista de Juan Pablo Duarte y los trinitarios quienes juraron el 16 de julio de 1838 fundar un estado. Esta efeméride convoca a reflexión. A 169 años es increíble pensar que se incumplan planteamientos fundacionales y que el pensamiento duartiano, en boga por el bicentenario de su natalicio, sea todavía una aspiración en aspectos como justicia y moralidad.
El proyecto trinitario de establecer un estado libre e independiente está satisfecho a medias, se queda en teoría ante la cruda realidad de dependencia económica y política de la potencia norteña con clarísima y decisiva intromisión en asuntos internos.
La práctica democrática dista mucho de acercar el ciudadano a la política según el proyecto de constitución elaborado por Duarte, que ubicaba al municipal como principal poder estatal, lejos de la práctica vigente en que el ejecutivo es hegemónico y aplastante gracias al clientelismo.
La política se ha trastocado en el estado dominicano. No es la más pura de las ciencias después de la filosofía, no se practica como tal, es ejercicio rutinario para ganar adherentes vía uso de recursos públicos, no es servicio civil para beneficio colectivo. Es, sencillamente, negocio.
Los representantes del pueblo, senadores y diputados, se distancian cada vez más de sus mandantes y aprovechan protecciones, privilegios e inmunidades constitucionales, para exclusivo beneficio particular y autocomplacencia legislativa.
El Poder Judicial dejó de ser cenicienta económica y política a partir de 1994, pero con las llamadas altas cortes en 2010 pasó a ser mecanismo de macro control de la judicatura por los hilos de la aplastante hegemonía partidista.
Ese panorama republicano cumpleañero obliga a pensar, otra vez, si persiste el Estado fallido, diagnosticado por politólogo galo, que fuñe a la mayoría y empuja a re-fundar la República.

