China no admitió como un accidente puro y simple la explosión de contenedores de material tóxico en una zona portuaria de la ciudad de Tianjin, a causa de la cual han muerto 114 personas y decenas todavía están desaparecidas.
El suceso no se cerró con homenajes a las víctimas. Nada de negligencia ni fallas técnicas. Los responsables de la catástrofe tendrán, como tiene que ser para sentar ejemplos, que atenerse a las consecuencias.
Ya se han detenido para fines de investigación el director Yang Dongjiang y otros ejecutivos de la Administración Estatal de la Seguridad Laboral.
Al menos a Dongjiang se le considera sospechoso de violaciones graves a la disciplina y de la ley, lo que en buen español se traduce como corrupción. Pero una tragedia que haya costado la vida a unas 114 y provocado daños ambientales no puede quedar impune. Los chinos serán muy drásticos en las sanciones, pero el método les ha dado resultado en lo que respecta a las responsabilidades públicas.

