La victoria de Sebastián Piñera demuestra una vez más que las simpatías electorales no son estacionarias ni horizontales. Lo que se ha vivido en Chile luego del triunfo del candidato de Coalición por el Cambio, es inenarrable; son millares los que han salido a celebrarlo en las calles. Pero, ¿qué tiene de relevante este cambio de mando? Pues que el sucesor de Michelle Bachelet pertenece a la derecha de Augusto Pinochet Ugarte, cuya represiva dictadura tuvo un saldo de más de tres mil disidentes asesinados, treinta mil torturados y decenas de miles exiliados.
De poco valió que el ex mandatario Eduardo Frei, aspirante oficialista, trajera del olvido el sangriento golpe a La Moneda de 1973, ni que abriese una exhibición fotográfica de los atropellos del período dictatorial que tocó a su fin en 1990, ni tanto menos que se auxiliara de testimonios audiovisuales de víctimas con vida para disuadir a los chilenos de votar en blanco. Simplemente, el pasado quedó atrás, sin posibilidad de alterarlo, y el ciclo brumoso de Pinochet cerrado de una buena vez.
¿El busto de Pinochet levantado por jóvenes chilenos? Esa es la dialéctica; la vida, fluir incesante de cambios, reiteró este pasado domingo que nada es permanente, y que como sentenció el poeta Antonio Machado, todo pasa. Siendo así, los profetas políticos del patio, que por pasión o ignorancia no asumen las enseñanzas que nos ofrecen en otras latitudes, deberían empezar a barajar otros nombres entre los presidenciables del 2012, y muy particularmente el de Hipólito Mejía.

