Una competencia reñida para las elecciones ha obligado a los partidos a quebrar la tradición antidebate. Al menos tres generaciones de dominicanos serán testigos del primer debate político de sus vidas entre nominados a la presidencia de la República, y, sin un parámetro reciente con el cual comparar, no debe ser fácil saber qué estrategia puede o no mover la intención de voto del electorado, compuesto en casi un 30% de votantes independientes, por lo que hasta lo más evidente pudiera representar un tiro por la culata al candidato desafortunado.
Las fortalezas de los candidatos son familiares. El carisma inherente a la personalidad de Hipólito Mejía se tiende a sobreentender como superior a lo que puede ofrecer Danilo Medina, lo que no es secreto para este último y su equipo. Sin embargo, en el manejo de información, capacidad argumentativa y precisión en transmitir mensajes, Danilo Medina es claramente mejor que el expresidente. Si los candidatos asumen el debate como oportunidad de separarse de su contrincante, estos puntos pudieran ser irrelevantes.
Lo que pudiera jugar en contra de ambos son los enfoques, específicamente la palabra cambio. El presidente Mejía ha hecho un impresionante esfuerzo de transmitir una personalidad más ecuánime e institucionalista de la que se le reconocía, poniendo distancia de lo ocurrido en el 2000-2004. Danilo, aun reconociendo que la unidad de su partido en torno al proyecto que encabeza es clave para evitar el error del 2000, ha hecho un esfuerzo, a veces ambivalente, aunque con cierto éxito, para distanciar su imagen de la de un Gobierno que, malo o bueno, ya lleva 8 años y arrastra un desgaste natural. Pero una cosa es frente a seguidores, y otra muy distinta en un debate.
Es probable que ambos apunten a definir el cambio que proponen, lo que no tardaría en caer en un ejercicio de comparaciones. El ejercicio pudiera ser más complejo frente a una audiencia cuya sensibilidad es desconocida. Medina quizás busque provocar a Mejía en reaccionar como en sus tiempos de antaño; mientras que Mejía, es posible que busque poner a Medina en la posición de defender una gestión en la cual no participó, y poder, en lo que reste de campaña, tratarlo como más de lo mismo.
Más que con asuntos de fondo, los debates políticos se ganan en la forma. No son debates académicos y van dirigidos a votantes, en un país subdesarrollado como República Dominicana.
De mi parte, no descarto nada, y estimo el debate muy interesante. De hecho, no me sorprendería que, al final y tras bambalinas, los candidatos decidan darse golpes de almohadas para el espectáculo, sin tocarse en puntos sensibles, dejar que la campaña siga su curso como si el debate no hubiera ocurrido, y que, para bien de ambos, todo siga en el vaivén de encuestas.

