Recientes encuestas de diferentes firmas dan un resultado espantoso respecto a la migración de los dominicanos, a la idea de dejar su país para residir en cualquier lugar.
Una de estas firmas da como resultado que alrededor del 50% de la población encuestada quiere irse del país. Otros resultados apuntan a más del 50%.
No hay raíces y si las hay entonces estamos presente ante un proceso de deterioro de las ataduras, de las razones que nos hacen permanecer allí donde nacimos y crecimos. ¿Qué ocurre con aquellos que se han marchado? ¿Desean regresar? Quienes se han ido tratan de retornar pero se marchan: condiciones básicas que marcan la calidad de vida los hace huir, comenzando por los altos precios de los servicios básicos.
Hace unos años recibía a un consultor internacional procedente de una ciudad europea y en el camino del aeropuerto de Las Américas al hotel siempre inquiría sobre los precios porque, afirmaba, iban en un aumento comparativamente fatal, desilusionador, frustrante.
Frecuentemente repito que en algo estamos fallando. Hay un algo que nos impide ver la prosperidad, el progreso del país. Tal vez un factor es la sensación de inestabilidad laboral y económica de la persona, acompañado esto de la amenaza del delito.
En estos días he tenido que valerme de taxistas y de carros del concho para asistir a mis labores diarias. La conversación es una queja constante. Tal vez desde arriba estemos fallando en transmitir convincentemente la idea de que avanzamos, de riqueza, del circulante y del rendimiento del dinero.
Tenemos que sentarnos y ver la vida de cada uno de nosotros y del país con mayor responsabilidad de gobernantes y gobernados. Esa relación de Estado y sociedad, y quizás deberíamos vernos de abajo hacia arriba y/o desde la calle, desde el ciudadano. Y hasta revisarnos como patronos, empleadores y empleados. Crecemos con serios defectos.

