Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

La Constitución que rige la sociedad dominicana actual, proclamada el 26 de enero del año pasado, como el coronel del cuento de Gabriel García Márquez, no tiene quien le escriba. Y es una pena. Es una Carta Magna con más luces que sombras. Si se aplica como debe ser, venciendo las voluntades retrógradas, impulsaría cambios profundos en nuestro país. 

 Algunos pueden afirmar, con toda la autoridad del buen criterio, que las constituciones no transforman las sociedades, sino que las sociedades son las que transforman las constituciones. Pero esa es una verdad relativa para los tiempos de globalización, era de la información y sociedad del conocimiento que vivimos. El mundo es una aldea global, como afirmó Marshall McLuhan.

 Esa realidad hace que lo que pasa en un país, sin importar que sea pequeño o grande, se pueda conocer en el mundo al instante. Basta que ese hecho tenga importancia económica, política o social. Despertará el interés de la gente y la noticia será inteligentemente servida en los medios de comunicación.

  Resulta que con los nuevos paradigmas que predominan en esta época, la lucha social y política, si pretende alcanzar verdaderas transformaciones en el régimen vigente, no puede ser militar. La guerra de guerrillas está condenada al fracaso total. Se ha comprobado hasta la saciedad que es un error todo intento de sustituir en la lucha a las grandes mayorías nacionales por grupos minoritarios, sin importar su audacia, arrojo o valentía. Se quedan solos y desamparados. Son víctimas fáciles de la reacción. Peor aún, terminan fortaleciendo el statu quo que creen combatir y que sueñan con sustituir. Esto así porque desalientan los movimientos de masas y los enemigos del pueblo se consolidan, mejoran y aumentan los mecanismos de hegemonía social.

  Ciertamente, así es. El combate social y político que tiene posibilidades de triunfo en la actualidad es el que se apoya en los valores, principios y cánones de la Constitución. Son muchas las razones que fundamentan esta afirmación. Primero, el combate adquiere una legitimidad incuestionable ante la población nacional e internacional. Segundo, no produce miedo ni terror para los sectores que pueden apoyarlo. Tercero, los organismos represivos del Estado no se manifiestan con toda su violencia o brutalidad, debido a que las autoridades no tendrán justificación moral para reprimir. Y cuarto, para no cansar, el programa de demandas y reivindicaciones reclamará el cumplimiento de las promesas incumplidas y de los mandatos del Pacto Fundamental. Exigirá que se respete el orden institucional y democrático. El mundo está de acuerdo con ese reclamo.

  Se impone que pensemos en eso. Hay que conocer esa verdad. De esa manera, y no de otra, podremos avanzar con firmeza en el camino de las conquistas sociales. Transformemos a la pobre Constitución en una auténtica Ley Suprema para el bien de todos.

El Nacional

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